Este es un rincón literario para todos aquellos que todavía creen en la pureza espiritual y en la magia de la vida, para los que buscan rescatar el azul celeste de la existencia y se dejan
atrapar por el destello de una estrella fugaz...

jueves, 11 de noviembre de 2010

MITO GUARANÍ DEL FUEGO,



Al principio de los tiempos, solo había neblina y vientos feroces. En medio de
ese caos primigenio, torbellino de tinieblas y viento y desolación, Ñamandú- también
llamado Ñande Ruvusú, o Ñande Ru Pa Pa Tenondé (Nuestro Padre Último Primero)-
se creó a sí mismo. Inmediatamente después creó la palabra, pues concibió el
origen del lenguaje humano e hizo que formara parte de su propia divinidad.
Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano, reflexionó profundamente
sobre a quién hacer partícipe de su creación, ya que él la consideraba como una
porción de amor. Después de reflexionar largamente, creó a quienes serían sus
compañeros en la divinidad: a los dioses principales para que lo ayudaran en su tarea
creadora. A continuación se realizó la creación de la Tierra y fue entonces el
momento para que pudiera hacer su aparición el hombre, al que el dios le otorgó la
maravilla de la palabra, la cual le permitió -y aún le permite- vivir de acuerdo con su naturaleza.

Aunque había creado a Karaí, el dueño de la llama y del fuego solar, y aunque
estuviera iluminado por el reflejo de su propio corazón, el Padre Primero no tenía
poder sobre el fuego terrenal. Por aquel entonces, los dueños del fuego eran unos
seres gigantes, oscuros y malvados, crueles y egoístas, que usaban el fuego para
cocinar a los hombres que cazaban. Ñamandú comprendió que no era bueno para los
hombres seguir comiendo carne cruda. Además, si podía conseguir el fuego para
ellos, podrían sentarse a su alrededor, calentarse en las noches de invierno,
iluminarse y contar cuentos. Por eso decidió ayudar a los hombres…

Para tener éxito en su objetivo, el Padre Primero convocó a Cururú, un sapo tan
verde como la hierba y tan valiente como el corazón del propio Ñamandú. Lo eligió
por su oportuno color, por su valentía y porque además era muy bueno atrapando
cosas que volaran por el aire. Viajaron juntos hasta las altas montañas donde vivían
los gigantes y al llegar, se regocijaron con el color y las danzas de las llamas.

Entonces Ñamandú tomó aspecto humano y se dejó atrapar por los temibles
comegentes mientras Cururú se quedaba muy quieto escondido entre la verde hierba.
Los gigantes se alegraron de haber recibido tanta comida sin tener que hacer
ningún esfuerzo e inmediatamente armaron una fogata para cocinar al disfrazado
dios.

Estaban tan contentos con su buena suerte que bailoteaban y palmeaban
dando un espectáculo que casi hizo tentar de risa al pobre sapo.
Cuando estuvo cubierto por las brasas, el dios aprovechó la distracción de los
gigantes, dio una patada y salieron volando, cientos de piedritas encendidas. Cururú
estaba muy atento, oculto entre la hierba verde, tan verde como él mismo, y atrapó
una brasa con su boca sin que los gigantes se dieran cuenta de nada.

Inmediatamente, y en absoluto silencio, emprendió la retirada tan contento que casi
perdió la brasa en el camino.

Al ver la rápida huida de Cururú, el Primer Padre se levantó de la hoguera, por
supuesto sin ninguna quemadura- y ante el asombro de los malvados gigantes que
recuperaron la compostura en un segundo, salió corriendo del lugar tras Cururú.
Cuando ambos se encontraron y estuvieron bien lejos, Ñamandú recobró su aspecto
y le pidió al sapo que le fuera a buscar su arco y sus flechas. Entonces encendieron la punta de la flecha con la brasa y la arrojaron a un árbol de laurel. El árbol no se quemó porque el fuego quedó atrapado dentro de la madera como un corazón
ardiente.

Después, el Padre Primero llamó a los hombres y les enseñó cómo hacer
fuego: bastaba con cortar un trozo de árbol del laurel, realizarle un agujero y hacer
girar allí con las manos y con mucha rapidez una flecha para que salieran chispas y
con ellas encender hojas y ramas hasta formar llamitas tan coloridas y bailadoras
como las de los gigantes.

Mientras tanto los comegentes, muy enojados, habían salido a perseguir a los
ladrones. Pero esos seres gigantes, oscuros y malvados, crueles y egoístas, que
habían usado el fuego para cocinar a los hombres que cazaban fueron convertidos
por el dios en unos pájaros negros destinados a comer solo carroña: los cuervos.
A partir de entonces, los guaraníes pueden cocinar sus alimentos, reuniéndose
alrededor del fuego, calentarse en las noches del invierno, iluminarse y contar
cuentos. Todo, gracias a la preocupación luminosa de Ñamandú y a la valentía y
verde generosidad de Cururú.

Andrea Cordobés (adaptación).

11 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. me pueden hacer un resumen sobre este mito o lo que sea? tiene que ser cortito es para mañana :'(

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  3. ademas no se pueden aburrir con este mito por que te intriga saber si eran ciertas las cosa que dicen en el mito pero como veo que a nadie le interesa yo no digo nada para no armar kilombo haci que si no les interesan no digan que son aburridos porque a muchas personas les parecen interesantes estos mito y ademas yo haceguro que ninguno de ustedes leyeron el mito .... haci que cayencen si no saben de que estan hablando...perdon si soy muy directa pero esque tengo rason si ustedes se ponen en mi lugar se darian cuenta de lo feo que es que critiquen lo que al otro le gusta....porfavor entiendan esto no se trata de criticar se trata de aprender sobre la historia pasada... GRACIAS POR ENTENDER..

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