Este es un rincón literario para todos aquellos que todavía creen en la pureza espiritual y en la magia de la vida, para los que buscan rescatar el azul celeste de la existencia y se dejan
atrapar por el destello de una estrella fugaz...

lunes, 11 de octubre de 2010

EL ROBO. POR BEATRIZ FERRO.


No era la primera vez que aparecía por allí. El visitante recorría las salas del
museo mirando los cuadros casi de reojo, por cortesía, hasta llegar a “Jardín en
otoño”.

Allí se detenía.

Era un jardín simétrico, con dos senderos que abrazaban un macizo central de
flores lilas y se perdían a lo lejos. Arbustos como fondo del cantero florido; más
arbustos y árboles frondosos en hilera, custodiando el lugar por ambos lados.
Un plácido jardín de otros tiempos, solitario y dueño de sí mismo. Ausente la
casa y, si la había, debía ser una casona cerrada y sin gente.

Uno podía recorrer con los ojos los senderos hasta el impreciso horizonte de
follaje y preguntarse qué habría más allá, como si el jardín oficiara de antesala de
otros paisajes y otros mundos.

Era un buen cuadro, uno de los más valiosos del museo.
La primera vez que el guardián observó a aquel hombre menudo, arrobado
ante la tela no sospechó de él. Pero la escena se repitió varias veces y su
desconfianza creció con cada visita.

En una ocasión lo sorprendió atisbando el perfil del marco como si quisiera
ver el dorso del cuadro. Otra vez lo pescó mirando nerviosamente a uno y otro
costado para asegurarse de que no había testigos.

El guardián sabía que el robo era inminente y trató en vano de imaginar qué
recursos usaría, en qué momento, y si tendría cómplices.

Un día de lluvia, el museo casi desierto, reapareció el visitante. Se sacudió
unas gotas del impermeable y merodeó de sala en sala hasta llegar al cuadro.
El guardián se ubicó estratégicamente en un ángulo desde donde no le
perdería pisada.

Fueron unos minutos de descuido, cuando tuvo que contestar un teléfono que
nadie atendía. Aunque volvió rápidamente a su puesto, el visitante ya no se veía.
Corrió hacia el cuadro pero no llegó a tiempo para impedir el robo.
La sala estaba vacía.

El guardián lo vio alejarse, inalcanzable. El hombrecito había llegado casi al
final de uno de los senderos de ”Jardín en otoño”; unos pasos más y, sin volver la
cabeza, se esfumó detrás del muro de follaje.
Lo único que quedaba de él era su impermeable en el piso, debajo del cuadro.

Ya no volvería.
Ninguno de los que han sido robados por un cuadro ha regresado.

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