"LA FELICIDAD ABSOLUTA NO EXISTE, Y UNO ESCRIBE JUSTAMENTE POR ESO"

martes, 3 de noviembre de 2009

LOS SIETE LOCOS DE ROBERTO ARLT. EN BUSCA DEL CAPÍTULO PERDIDO

ESTHER SÁNCHEZ-GREY ALBA






La crítica argentina ha situado a Arlt como una figura de transición en la literatura nacional del siglo XX ya que tiene algunos de los rasgos que han de caracterizar a la narrativa subsiguiente, como es la angustia existencial, el absurdo de los convencionalismos sociales y la desvinculación entre protagonista y lector. Estas características, que pudieran interpretarse como indicios de determinadas influencias, surgen, sin embargo, en su obra, de una manera espontánea. Así, al menos, lo asegura Eduardo González Lanuza, quien dice haberlo conocido bien: “Bullen en ella (en su obra) en simultánea anarquía, una serie de tendencias introveradas, algunas ya en plena vigencia, pero desconocidas por él, otras que sólo alcanzarían pleno desarrollo un par de décadas más tarde, y que por lo tanto le dan un hálito de novedad en nuestro medio” [1] .

Los exegetas de Arlt insisten en su desordenada formación de autodidacta; su falta de método para organizar su investigación en busca de una concepción estética o ideológica. En cuanto a sus fuentes literarias dice Pedro Organbide: “Desordenadas lecturas –los escritores rusos del siglo XIX, los realistas y naturalistas franceses- lo llevan desde su admiración por Flaubert a la utilización del folletinesco Rocambole” [2] . Por otra parte, Ángel Núñez [3] establece un paralelo entre el esfuerzo intuitivo de Arlt de sacudir al lector con planteamientos de problemas trascendentes que van más allá del objeto novelesco, con la teoría del teatro épico de Bertold Brecht que le asigna al espectador una parte activa de crítica que lo aleja de su mera función pasiva.

Roberto Arlt es, indudablemente, un hombre de su tiempo y más pudiera decirse, de su ciudad. Sus frustraciones, sus temores, sus sueños, sus más íntimas y minúsculas angustias, todo, queda reflejado en las complejidades de sus personajes. Sus criaturas literarias responden al patrón citadino de una clase media burguesa y trabajadora que desarrolla sus actividades en Buenos Aires en las primeras décadas del siglo. El primer personaje que surge de su mente febril es Silvio Astier pero, como dice Nira Etchenique, se diferencia de los otros en que “no ha aprendido todavía a ejercer el cinismo” [4] y además, la propia Etchenique observa que El juguete rabioso presenta las circunstancias que darán como resultado un hombre cuyo destino queda impreciso. Todo parece indicar que Arlt tomó ese hombre en ciernes y lo lanzó a vivir y a ganarse la vida pobremente como cobrador de una compañía azucarera y en él, en Remo Erdosaín, es que vuelca su desesperación de hombre maduro. Nira Etchenique imagina muy vívidamente la lucha del autor enfrentado a sus personajes: ha matado a Erdosaín pero necesita todavía de él para seguir hurgando en las interrogantes que su turbulenta mente le plantea y entonces lo hace renacer en Balder, vencido por el alma de Erdosaín que se burla de su infantil solución de haberlo matado y con aquél, con Balder, continuará Arlt “revolcándose en la oscuridad de un dolor que ha nacido con él y ha crecido con él y ni siquiera terminará con él porque continúa vivo y persistente, carnal hasta el estremecimiento en cada una de las páginas que escribió” [5] .

Su obra le pertenece no sólo por su autoría, sino porque está él mismo en ella. Pudiéramos decir, usando un concepto orteguiano, que está él dentro de su circunstancia, que es el Buenos Aires de los años treinta, período histórico de desencanto político que coincide con el predominio en el gobierno de ciertos grupos militaristas. Por eso ha dicho Juan José Sibreli [6] que Arlt no habría podido escribir Los siete locos si hubiera nacido en otro país o si hubiera pertenecido a una diferente clase social. Aunque Adolfo Prieto opina categóricamente que “Los siete locos es, sin lugar a dudas, una de las más vigorosas novelas de crítica social escritas en la Argentina hasta 1930” [7] , González Lanuza advierte que “quien busque en las obras de Roberto Arlt un testimonio documental de su época debe proceder con cautela porque lo hallará, sin duda, pero a través de una parcialidad que puede ser tan interesante como el hecho que desfigura” [8] . Ello se debe a que Lanuza le atribuye a Arlt ciertas características de inmadurez en su carácter que causan en su perspectiva las desmesuras de juicio, los azoros y deslumbramientos, el retraimiento y la sed de justicia que se reiteran temáticamente en su obra aunque tiene que reconocer que ciertos fenómenos culturales de integración del dilema planteado por Sarmiento: ciudad vs. campo, estaban atravesando también, históricamente, la adolescencia del siglo [9] . Es evidente, desde luego, después de haber leído la opinión de distintos críticos, que González Lanuza es de los que enjuicia más severamente a Roberto Arlt en su condición humana.

Raúl Larra [10] lo llama “el torturado”y sitúa muy bien el papel que desempeña Arlt no sólo dentro de la literatura argentina sino en la hispanoamericana con su novela citadina que viene a representar una toma de conciencia de una realidad que empieza a adquirir categoría después de la Primera Guerra Mundial como fenómeno universal y que en el caso particular argentino presenta a la gran urbe bonaerense como el único medio centralizador y de unificación del país. Arlt es un producto humano de esa gran urbe que acoge en su seno a los desperdigados de otras tierras y otros mundos, y como tal ha sido partícipe y a la vez víctima, de sueños fallidos, de anhelos frustrados, de vidas marginadas. Nira Etchenique [11] cree que más que un torturado es un desesperado.

Como quiera que se interprete su actitud vital, lo cierto es que como creador mostró una urgencia febril por darle salida a sus ideas sin reparar demasiado en la pulcritud formal, lo cual le ha sido harto criticado. El análisis de las palabras introductorias que incluyó en Los lanzallamas resulta muy interesante puesto que muestran ciertos rasgos de su personalidad que han sido muy discutidos. En primer lugar, su natural estilo de escribir, ausente de todo cálculo o valoración de sus asertos. Esa “violencia de un ‘cross’ a la mandíbula” [12] que quería que sus libros contuvieran, está ahí, en esas oraciones cortas, tajantes, filosas, que lanzan un reto a quien lo quiera recoger. “En realidad –dice, después de haber atacado acremente a los que disienten de su manera de escribir- uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches” [13] . También se aprecia aquí esa precipitación por decir lo que piensa sin demorar en explicaciones. Diez palabras le bastan para anunciar que con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos. El resto es un vértigo de justificaciones sobre su estilo, de anuncios de sus planes futuros –inclusive la fecha en que aparecerá su próxima obra- y no falta la palabra de estímulo para los principiantes en el arte creativo ni las bofetadas lanzadas a pleno rostro de los críticos literarios de los periódicos. Pero entre toda esa multitud de alegatos y de ideas hay una que justifica esa carrera contra el tiempo en que se debate: “Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados” [14] . De ahí proviene su angustia. A Arlt le preocupa su aniquilamiento intelectual dentro de un mundo que, con una fuerza centrípeta extraordinaria, se encierra en el Buenos Aires de su tiempo y su expresión se hace más dramática por la sinceridad absoluta con que expone el laberinto de sus pensamientos y sensaciones.

Quienes conocieron a Arlt personalmente están de acuerdo en admitir que Los siete locos es la novela más significativamente arltiana y su hija Mirta, que tan unida ha estado siempre a su padre, admite en el prólogo a la misma que hay una identificación trascendental entre autor y personaje a través de la cual aquél realiza lo que ella llama sus “ascesis de la abyección”. Por eso quizás afirma que es la más catártica de sus novelas [15] .

En el caso de Arlt, por ende, es imposible asomarse a su obra sin conocer un poco de su vida. Su niñez fue triste y dura debido a las estrecheces económicas en que se desenvolvió y a la rigidez autoritaria de su padre, un inmigrante prusiano cuyo áspero genio provocó que Arlt, todavía adolescente, se alejara del hogar familiar y dejó en su alma un recuerdo amargo que se trasluce cuando Erdosaín le cuenta a Elsa y al capitán de donde proviene su humillación (52-53). Hay otros aspectos de esta obra que coinciden también con los personales, como es el de su matrimonio que fue el resultado de un amor juvenil puro y sincero pero fue luego mordido por la incomprensión y los resentimientos, y en el hecho de que la esposa fuera una mujer enferma. También hay coincidencias en las aficiones de autor y personaje con los inventos. Ya muy joven inventó un matasellos fechador y una máquina para prensar ladrillos y precisamente cuando lo sorprende la muerte, estaba entusiasmado con un sistema de vulcanización de medias de mujer que creía que lo haría rico.

Un análisis estructural de Los siete locos es un requisito indispensable en este punto para pasar luego a estudiar los personajes y los recursos técnicos. El libro consta de tres capítulos, subdivididos cada uno en acápites que llevan título aclaratorio de su contenido. El primero y el tercer capítulo contienen catorce acápites cada uno y el segundo solamente seis lo cual suscita la curiosidad de por qué no fueron siete para completar así una secuencia que ya se deja indicada en el número múltiplo de siete de los otros dos, 14-7-14, basada la misma en el número que ya se señala en el título, Los siete locos.

La explicación hay que encontrarla tomando en consideración Los siete locos y Los lanzallamas como una unidad. El propio Arlt se encargó de darle un sentido de continuidad al comenzar la segunda dando respuesta el Astrólogo a una pregunta de Erdosaín que había quedado en el aire. Además, de manera muy diáfana lo expresa en las palabras introductorias de Los lanzallamas que ya analizamos. La crítica, en general, ha omitido mencionar un personaje que en nuestra opinión es de vital importancia en la composición de la farsa novelesca, que es el narrador. David William Foster sí lo considera pero no le encuentra una identificación precisa y dice que puede ser el autor omnisciente, un alejado observador u otro participante en las actividades de la secta [16] : admite que la novela gana forma coherente por la actitud irónica del narrador hacia la serie de eventos que envuelven a Erdosaín [17] , actitud que justifica Foster en el hecho de que de esa manera el autor hace patente que no pretende tener un conocimiento universal y definitivo del hombre y su circunstancia [18] , pero en nuestra opinión, el narrador –que a sí mismo se llama comentador- tiene una función de unidad que sólo es posible percibir en una visión totalizadora de las dos obras. De no ser así, lo caótico se impone y el propio Foster afirma de Los siete locos: “Its barely contained tensions threaten always to produce a total disintegration or annihilation of the logical coherente that we demand of life and of its fictional representations” [19] ; Nira Etchenique asegura que “En todo el transcurso de Los siete locos se nota una falta de planteamiento lógico. Los sucesos se encadenan más que por un orden establecido por una sucesión de hechos que parecen haber sido logrados, descubiertos, entrevistos, al azar” [20] ; González Lanuza la llama “alucinada pesadilla” y llega a afirmar que “Un análisis del desarrollo compositivo no tendría otro resultado que la evidenciación de una arbitrariedad pormenorizada” [21] y Jean Franco se une a ellos cuando dice: “El juguete rabioso still had the semblance of a structure. But now these novels (Los siete locos y Los lanzallamas) are without organic development” [22] .

El relato está hecho en tercera persona por un narrador que en el texto toma el nombre de “comentador” y que entra en la acción novelesca como un cronista a quien el propio Erdosaín le hizo sus confesiones (93). En ninguna parte de las dos novelas se aclara bajo qué condición es que él recibe tal confidencia pero en el final de Los lanzallamas se describe como Erdosaín, después del asesinato de la Bizca, fue a la casa de este cronista donde permaneció tres días y dos noches (264) –tal como se había hecho referencia en Los siete locos (93)- y especifica que fue entonces cuando se lo confesó todo en una pieza enorme, casi desamueblada y muy escasa de luz en que se reunían (264), lo cual también se había anticipado en la anterior. El cronista cuenta a partir de ese momento de una manera directa, cómo compartió con Erdosaín sus últimos momentos y lo acompañó hasta la estación del tren donde se separaron a petición de aquél. En el epílogo, para reconstruir los detalles del suicidio, menciona haber revisado legajos sumariales (269) lo cual se presta a conjeturar que pudiera haber sido abogado, juez o periodista que por motivo de su profesión tuvo ocasión de conocer el triste caso de Erdosaín. Los lanzallamas no están divididos en capítulos numerados sino en tres secciones y un epílogo. Aquéllas especifican:

“Tarde y noche del viernes”, “Tarde y noche del sábado” y “Día domingo”, precisamente los tres días que pasó Erdosaín en la casa del cronista, lo cual nos da fundamento para pensar que toda la narración de esta segunda novela constituye el acápite omitido en el Capítulo II de Los siete locos. Es más, en la nota del comentador que aparece al principio de “Trabajo de la angustia” (102), ya anuncia que tiene en preparación el material de Los lanzallamas.

Si consideramos esto así, tenemos entonces una estructura perfectamente balanceada que se cierra, o se complementa, con la segunda novela en la que muchas cosas que habían quedado pendientes en la primera tienen justificación, como lo del asesinato fingido de Barsut. Efectivamente, así, cada uno de los capítulos de Los siete locos cobra una función estructural específica. El primero hace el planteamiento de los factores que colocan a Erdosaín en situación crítica: la denuncia de que ha robado seiscientos pesos a la compañía azucarera donde trabaja como cobrador y el abandono de su esposa Elsa que se van con otro porque está cansada de sufrir tanta miseria sin esperanza alguna de cambio. Con ello se cumple una técnica muy usada por Arlt: la de echar a andar al personaje movido por alguna circunstancia apremiante. Como señala Mabel Piccini al analizar los rasgos característicos de los personajes arltianos, “son hombres cerrados e inmovilizados en la reiteración de un gesto con el que persiguen la humillación…Se nos aparecen como ya hechos y decidiendo una definitiva ruptura con el mundo exterior” [23] y así se presenta Erdosaín en este capítulo inicial en el que se completa lo que Nira Etchenique llama “el ciclo de la humillación” [24] . Al propio tiempo van apareciendo otros personajes sumergidos también en el mundo alucinante de sus desvaríos y con los cuales encuentra Erdosaín eco a sus tormentosas inquietudes, entre las que prima como una obsesión reveladora la expectativa de que debe ocurrir un “acontecimiento extraordinario –inmensamente extraordinario- que diera un giro inesperado a su vida y le salvara de la catástrofe que veía acercarse a su puerta” (9). Ese “algo extraordinario” cree verlo en la ocurrencia de un hecho antisocial puesto que, con el mismo, todo el mecanismo de la sociedad que vela por la pacífica convivencia del grupo humano, se pondría en movimiento para separarlo y él, que es algo negativo para todos, cobraría importancia y de un “no ser” llegaría a “un ser” (72-73). Ningún hecho más antisocial que el crimen, por lo cual decide – también de manera ligera, como cuando decidió robar- asesinar a Barsut en quien se aunaban dos razones valederas para que atrajera su antipatía: ser quien lo denunció en la compañía y mostrar con grosero desenfado, interés por Elsa. A partir de ese momento, después que ha interesado al Astrólogo en el asesinato, puede apreciarse el inicio de un cambio en la actitud de Erdosaín: es un individuo más seguro y hasta llega a imaginar que “lleva un dios escondido bajo su piel doliente” (88). Se siente capaz de hacer algo, aunque sea monstruoso.

El Capítulo Segundo casi no adelanta nada la secuencia narrativa; sólo que se lleva a cabo el secuestro de Barsut pero sin embargo, sí se penetra más a fondo en el alma perturbada de Erdosaín a través del relato de las confesiones que nos hace el cronista. Tenemos la impresión de que hemos hecho un paréntesis para enterarnos de ciertas interioridades del personaje que son necesarias conocer para comprender por qué se sumerge en el abismo que ha de venir después. Hay indicios evidentes de que hay un salto temporal en los tres primeros acápites que son los de contenido catártico. Por ejemplo, dice el narrador: “Sabía que iba a morir, que la justicia de los hombres lo buscaba encarnizadamente…” (94). Hasta este momento no hay motivo alguno para eso, puesto que Erdosaín no ha cometido todavía el crimen que planea. El homicidio a que se refiere el narrador es el de la Bizca que comete Erdosaín en Los lanzallamas. Esto viene a corroborar nuestra teoría de que esta segunda novela recoge el hilo narrativo que quedara pendiente en el segundo capítulo de Los siete locos, mucho más si se tiene en cuenta que la primera sección de aquélla empieza en la tarde del viernes y Arlt fue muy cuidadoso en señalar que Erdosaín fue a la casa del cronista por la mañana: “Entró a una lechería. Sentóse sobre la silla sin hacer un movimiento hasta las ocho de la mañana”. “Cuando la raya amarilla de sol, que se deslizaba por el piso, llegó hasta su pie calentándose el cuero del zapato, salió de la lechería, dirigiéndose a mi casa” (264). Es decir, que estos primeros acápites contienen las confidencias de Erdosaín que comenzaron el viernes por la mañana.

En el capítulo tercero Arlt elabora la complicada red de absurdos en que se basa la idea de la sociedad secreta que ha de cambiar la faz del mundo, la “metáfora de una sociedad corrupta”, como la describe Pedro Organbide [25] .

Es decir, que ese hombre común que es Erdosaín, que sufre la agonía de su existencia rutinaria dentro de la complicada monotonía de la gran ciudad, y que busca su redención a través del crimen para aligerar el peso de su humillación, no alcanza su objetivo sino en Los lanzallamas puesto que cuando finaliza Los siete locos el lector deja a Erdosaín dispuesto a entregarse a la absurda aventura de la sociedad secreta, con la creencia de que participó de un crimen, pero sin haberlo perpetrado. Esto nos corrobora pues, que ambas novelas forman parte de una sola estructura y que es imposible aislarlas.

En cuanto a los personajes, su propia hija Mirta admite que “en cada personaje de Los siete locos…se puede detectar la interferencia de uno de los modos del ser del creador” [26] . Sin embargo, Arlt admitió públicamente que no le eran simpáticos pero que los había tratado y había en ellos verdades atroces que merecían ser conocidas [27] .

De una manera general puede decirse que los personajes arltianos pierden individualidad para ganar en proyección genérica pero tampoco cabe afirmar que son símbolos de una clase social o un grupo sino más bien parecen sombras distorsionadas de ese hombre no identificado que deambula dentro de las escalas sociales de la ciudad, proyectadas en el plano marginal de la sociedad. De ahí sus aberraciones, sus deformaciones esperpénticas. “Sus personajes –dice Eduardo González Lanuza- tanto en la novela como en el teatro, más que seres vivos, son seres que buscan vivirse, seres que luchan por alcanzar existencia desde la nada que los está sorbiendo y amenaza cerrar su ‘destotalidad’ sobre ellos” [28] . Sin embargo, tampoco son siempre seres imaginarios, “Son individuos y mujeres de esta ciudad a quienes yo he conocido” dijo el propio Arlt [29] y además los críticos coinciden en admitir que responden a una realidad argentina de los años treinta pero esto implica la utilización de un término que nos puede confundir. En puridad los personajes arltianos son la deformación de una realidad; las visiones grotescas del hombre marginado, con lucidez suficiente para comprender su incapacidad de adaptación al medio y la enajenación como solución a sus frustraciones. Por eso Arlt siempre presenta una ciudad encanallada, implacable y feroz.

Su experiencia como periodista lo enfrentó a muchas situaciones urbanas que su mente creadora convirtió en argumento literario, pero otras veces, según el propio Arlt admitió en una entrevista “desdoblo mis deseos en personajes imaginarios que trato de novelar”…”Lo único que sé es que el personaje se forma en el subconsciente de uno como el niño en el vientre de la mujer. Que este personaje tiene a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que realiza actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de contener tales fantasmas” [30] . Es decir, que aquí Arlt aunque admite la progenitura de sus personajes, también acepta que a veces el resultado se va más allá de lo conscientemente meditado.

En el caso concreto de Erdosaín hay una actitud fatalista, puesto que se debate en un ámbito personal de estructura monolítica que lo arrastra inexorablemente a la humillación. Es un personaje arltiano típico. Por eso busca ese “algo extraordinario que cambie su vida” (9) en un medio que no es el adecuado para conseguirlo y que, por el contrario, lo degradará aún más. Está consciente de su abyección, de que el asesinato de Barsut lo va sumergiendo en un fangal (160), de que ha arrojado su alma a un foso del cual ya no podrá salir nunca más (161), pero “Erdosaín debe ser lo que es hasta el final (aunque el final sea el crimen y la destrucción) porque no respetar esta singularidad es penetrar en la historia y asumir las limitaciones de su procedencia dentro de la sociedad, según afirma Mabel Piccini [31] .

Como Arlt refleja un cierto momento de la historia de la gran urbe bonaerense, exterioriza un aspecto de la vida interior de la misma,”la que desata la lucha por la vida, la competencia entablada en un medio devorador, los riesgos de la marginalidad, los métodos de rapiña, la perturbación de las relaciones humanas, la caída en la despersonalización y el anonimato” [32] y para ello hace de sus personajes “conciencias alertas que señalan con su rebeldía el despojo que el hombre medio comete contra su propia vida en nombre del conformismo y la inmovilidad” [33] .

¿Cómo logra Arlt comunicarle al lector los abismos emocionales en que se debaten sus personajes? Su técnica expresionista se lo facilita. Tenemos, por ejemplo, que algunos tienen nombres que sugieren algo que de alguna manera los va a caracterizar como el Astrólogo, el Buscador de Oro o el Rufián Melancólico. Además, en sus descripciones asocia ciertos rasgos antropológicos con animales que conllevan una representación intencionada como la “cabeza de jabalí” (7) que le atribuye al director de la compañía azucarera, o la apariencia de lobo y de ave de rapiña que asocia con Barsut (20), o llama la atención sobre determinadas características que condicionan al personaje, como las que señala de Ergueta que concluye por decir que “le daban la apariencia de un cretino” (15). También es curiosa la descripción que hace del Astrólogo la primera vez que aparece: pone el énfasis en detalles de la cabeza y termina por decir que “daba la impresión de estar esculpida en plomo. ¡Tanto debía de pesar esa cabeza!” (29). Luego sabremos de sus ideas descabelladas y eso justificará lo anterior.

Otro recurso muy arltiano es el uso de colores brillantes, intensos como negro, verde, rojo, amarillo, y de términos geométricos para dar la impresión de circuitos cerrados. Un ejemplo magnífico es el siguiente párrafo:

“Cada vez más fuerte se hacía en él la revelación de que estaba en el fondo de un cubo portland. ¡Sensación de otro mundo! ¡Un sol invisible iluminaba para siempre los muros, de un anaranjado color de tempestad! El ala de un ave solitaria soslayaba lo celeste sobre el rectángulo de los muros, pero él estaría para siempre en el fondo de aquel cubo taciturno, iluminado por un anaranjado sol de tempestad” (58)

Según el propio Arlt, “la novela ofrece tres aspectos. Uno psicológico, otro policial y otro de fantasía” [34] . Esto, que él llamas “aspectos” pero que en terminología crítica serían “planos”, se mantiene a través de toda la novela yuxtaponiéndose a veces, superponiéndose otras. Así, por ejemplo, en el acápite titulado “Los sueños del inventor” la fantasía de Erdosaín vuela hacia su aventura con un “millonario melancólico y taciturno” mientras que ha detenido su paseo en una esquina de un elegante barrio bonaerense, pero a cada rato interfiere sus pensamientos el recuerdo obsesivo de que debe seiscientos pesos con siete centavos. Además su estado de anormalidad es resaltado como problema vital en el nudo del argumento con preguntas que a menudo Erdosaín se hace a sí mismo y que muestran su desconcierto: “¿Qué es lo que hago con mi vida?” (10) “¿Qué hago yo aquí?” (71).

La perspectiva interior de Erdosaín es mantenida muchas veces con imágenes suspendidas, aisladas de la secuencia narrada. Por ejemplo, la conversación entre Erdosaín y Ergueta en la caverna es interrumpida con la descripción de una imagen que quedó colgada como un medallón: “Un silencio extraordinario se produjo en la fonda” –dice- e inmediatamente nos describe un instante donde quedan como una vista fija proyectada las cabezas quietas de los parroquianos, las moscas posadas en las mesas y, en un primer plano, dos ladrones que observan unas piedras mientras penetra por la ventana un rayo de sol que “como una barra de azufre cercenaba en dos la atmósfera azulosa” (169).

Se pudiera seguir hurgando en los vericuetos de esta novela que ofrece muchas posibilidades de estudio pero con lo expuesto nos parece que es suficiente para comprender por qué fue la que lo consagró como el mejor novelista de su generación y “¡qué irrisorias, qué mezquinas -como dice Murena- esas críticas a las palabras, al estilo de un hombre que estaba creando a golpes de mazo, en la única forma posible, el lenguaje de un espíritu!” [35] porque como él mismo dice y abunda Foster [36] , a través de sus truculentas historias vibra “el contagioso entusiasmo de una energía en marcha” [37] .

EL JUGUETE RABIOSO.

Índice:

Biografía

Resumen de la obra

Estilo y temática








..las medias no funcionaban...la gente le decía que mejor se dedicara a escribir y no perdiera el tiempo con eso. Pero él seguía ilusionado con su invento..."

“El juguete rabioso”; Roberto Arlt

Bibliografía del autor:

Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana. El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.

En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los círculos literarios porteños. En esa fecha dio a conocer su primer cuento, «Jehová», con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría desde que en 1926 dio a conocer El juguete rabioso, novela sobre un adolescente que se inicia como delincuente y termina como traidor a los suyos. En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que habían convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes, moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era la de las calles en que se desenvolvía su lucha por la vida. Eran la cara oculta de una Argentina agitada por conflictos ideológicos y de clase, amenazada por una crisis económica inminente, observada por los militares que dominarían la escena política a partir de 1930. La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina contemporánea.

La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas, representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación. Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia. En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad.

Pero tampoco era ése su lugar. Las empresas colectivas no parecían interesarle, ni siquiera cuando iban encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los desheredados. Las razones de su acusado individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna medida la visión negativa de la institución familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor de la miseria, la fascinación ante quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social hostil. El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana. Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo que se desmorona. La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del fin. De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como amenazadora, de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la alineación social y psicológica que padece el hombre contemporáneo. La única salida (falsa también) se concreta en la transgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos permite la certeza de existir en el mal. En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una existencia gris.

La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente. Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo. Arlt insistió en ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los primeros de 1936. Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control de España. Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados, generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o ejemplar que adoptaban en ocasiones. También afectaba a la crítica social (del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.

Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito de Buenos Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones metafísicas que antes eran ingrediente fundamental en las complicadas psicologías de sus personajes. Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible, una «nouvelle» derivada de la estancia del escritor en Chile, en 1940, y publicada cuando regresó a Argentina en 1941. Aquella experiencia le permitiría imaginar un viaje hacia Panamá iniciado en el puerto de Antofagasta, y que estuvo a punto de concluir trágicamente para el narrador cuando el barco navegaba frente a la costa del norte de Perú. El relato reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de Arlt. Ya en 1920, en su breve ensayo «Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires», había mostrado esa mezcla de fascinación y sarcasmo con que se refería ahora a las artes adivinatorias o a la carta astral que parecían determinar los destinos de sus estrafalarios personajes. También se encuentran ecos de sus inquietudes científicas del momento, ocupado como estaba en llevar a buen término el proceso de gomificación de las medias de señora del que esperaba la fama y la riqueza. La voz divertida y sarcástica del narrador, que ha emprendido esa «Travesía del Terror» forzado por sus últimas estafas, da un tono de farsa a la aventura y a sus protagonistas, cuyos deméritos y fracasos no entrañan concesión alguna al patetismo.

Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en territorios de imaginación que a veces parecían rondar la literatura fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete rabioso por Silvio Astier, cuando a la edad de catorce años se abandonaba a los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un delincuente de alta escuela. Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como una búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también relevante. Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa producción se inicia con 300 millones, obra representada en julio de ese mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta. Arlt abordaba allí el análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello recurría a la concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista que sus narraciones alguna vez habían conseguido. Por otra parte, esa corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las ficciones para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas, piezas estrenadas en 1836, le permitirían mostrar con precisión las relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria. Si 300 millones hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en una sucesión de máscaras sin identidad precisa. En esa idea insistiría Saverio el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del teatro para conjugar una broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.

Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del hierro en 1940. A esas obras hay que sumar Prueba de amor, «boceto teatral irrepresentable ante personas honestas» que se editó en 1932, las «burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en 1934, y El desierto entra en la ciudad, una farsa dramática que Arlt concluyó poco antes de morir en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942. De esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van precedidos de un exordio en el que Baba el Ciego, un «jefe de conversación», declara su intención de narrar las historias que luego conforman la obra. África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras, y afirma su relación con la práctica oral del relato que Arlt había observado en el norte de África y que también inspiró los cuentos de El criador de gorilas.

Arlt había escrito para el diario El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928, las Aguafuertes porteñas que reunió parcialmente en un volumen publicado con ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en 1935-1936, y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en 1940. Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias, sobresale la selección y publicación en 1936 de sus Aguafuertes españolas (1ª parte. Impresiones), además de los artículos en que dejó constancia de los rudos trabajos de las campesinas marroquíes, de su visión crítica de determinadas costumbres árabes, y de la fascinación que también llevaría a sus relatos y a su teatro. Las aguafuertes de El Mundo constituyen la parte de mayor interés literario en una producción periodística que incluyó también las notas redactadas en 1926 para la revista Don Goyo, así como las crónicas policiales escritas en 1927 y 1928 para el diario Crítica. Esa producción permite comprobar la gran capacidad de su autor para adentrarse en los problemas sociales y políticos de su tiempo, y para exponerlos con imaginación y rigor: no sólo los que afectaron a la Argentina de su época, sino también los que pudo observar en los países por los que viajó y los que determinaban la atmósfera internacional cada vez más enrarecida que llevó a la segunda guerra mundial.

Resumen de la obra:

El autor narra en cuatro episodios la lucha de un adolescente (Silvio Astier) por escapar de la miseria y humillación a la que se ve sometido como consecuencia de su condición social, marcada por la marginación y la pobreza.

En el primer capítulo "Los ladrones", Silvio Astier tiene 14 años y alimenta su imaginación con libros sobre ladrones y aventureros: "yo soñaba con ser bandido y estrangular a corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas"(p. 89). Conoce entonces a Enrique Izurbeta, de sobrenombre "el falsificador", un muchacho con edad próxima a la suya con el que empieza a robar. Es Enrique quien lo inicia en el crimen, pero Silvio describe cómo ya antes la ociosidad lo hubiera llevado aplicar la inteligencia en actividades delictivas, una de ellas, fabricar un cañón con el cual dañó la muralla de una carpintería. Pero es con Enrique que Silvio adquiere el hábito de robar, hasta llegar a, con la ayuda de un tercer chico, formar "el club de los caballeros de la media noche" (que tiene algo de parecido con la sociedad secreta propuesta por el Astrólogo en Los 7 locos), una pequeña sociedad secreta de tres dedicada al hurto. Silvio descubre en el robar el deleite de obtener dinero fácil, sin trabajar. Es un tiempo de felicidad para él. Con dinero disponible, la ciudad toma contornos agradables, y el dinamismo del ambiente urbano y la modernidad se vuelve motivo de felicidad. En las palabras de Silvio:


(...)esperábamos a una tarde de lluvia y salíamos en automóvil. ¡Qué voluptuosidad entonces recorrer entre cortinas de agua la ciudad! (...)nos imaginábamos que vivíamos en París o en la brumosa Londres. (...) Después, en una confitería lujosa, tomábamos chocolate con vainilla, y saciados volvíamos en el tren de la tarde, duplicadas las energías por la satisfacción del goce proporcionado al cuerpo voluptuoso, por el dinamismo de todo lo circundante que con sus rumores de hierro gritaba: ¡adelante, adelante! (p.101)


El robo se muestra como un medio de vida en la ciudad, un medio para acceder a los deleites ofrecidos por la metrópolis. Así los tres muchachos planean un robo a una biblioteca y de hecho lo ejecutan con pericia, pero cuando Enrique se iba a casa un policía le indaga qué lleva. Enrique corre a la casa de Silvio y los dos sienten el peligro que pasaron: la pérdida de la libertad, que tanto temían. Pasan por angustiantes minutos mientras la policía pasa por la calle. Ya lo habían conversado antes y Silvio fue enfático: "A mi no me cachan. Antes matar"(p. 106). Después del incidente, que Silvio nombra "el gran peligro", los tres muchachos deciden deshacer la sociedad. Si el crimen era la forma de moverse y disfrutar la ciudad y domarla, con el gran peligro queda claro que no es tan sencillo hacerlo y que las consecuencias son temibles. La urbe no se deja dominar, y Silvio ha fracasado en su primer intento por encontrar un espacio en la ciudad.

En el segundo, "Los trabajos y los días" es ya más característico con la hostilidad de la ciudad hacia Silvio. Empieza con la mudanza de barrio que la familia de Silvio tiene que hacer por sus condiciones económicas: Silvio es desplazado y pierde contacto con sus amistades. Se van a vivir a un barrio más pobre. Él tiene ya 15 años y su madre empieza a presionarlo para que trabaje: "Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes." La reacción de Silvio es de repulsa, repulsa a tener que trabajar para tener dinero: "[yo] Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena inominable: la certeza de la propia inutilidad"(p. 128). Con quince años y condición económica precaria, era inevitable que la ciudad viniera a buscarlo y a lanzarlo en la realidad de la metrópolis: todas las maravillas de la modernidad, los trenes, automóviles, los arcos voltaicos, los suntuosos cafés, son para pocos, entre los cuales Silvio Astier no se encuentra. Como destino para un ser urbano joven de clase decadente, la gran ciudad reservaba las garras de los pequeños comerciantes explotadores y ambiciosos. Silvio trabaja y vive en una librería de un inmigrante italiano, D. Gaetano, y su esposa, tiene que humillarse sacudiendo un cencerro ante el establecimiento para atraer clientes. Una tarde decide pasar por la casa de un señor adinerado que había prometido conseguirle un empleo, pero éste lo recibe muy mal y le grita que se retire y no moleste más. Es una clara señal de la distancia entre las camadas sociales y la segregación de los ricos hacia los pobres, aunque, en otro ámbito de análisis, esa presencia caracteriza la polifonía de la novela de Arlt. Una tarde Silvio se ve obligado a cargar objetos pesados por varias cuadras mientras las personas lo observan pasar, se siente completamente humillado y desposeído de fortuna:


Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitrales cubiertos de amplios cortinados. Un adolescente y una niña conversaba en la penumbra(...). Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja. Pensé. Pensé que yo nunca sería como ellos..., nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia. Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja. (p.152)


En otro fragmento, Silvio describe cómo ha sido afectado por la vivencia en el ambiente mezquino de la librería. Es una evidente consecuencia de la interacción con la mezquindad del pequeño comerciante. Es decir, mas que la influencia de don Gaetano mismo, es la corrosión causada por un componente de la ciudad: así como Silvio sufre la segregación y el engaño del hombre rico, y no de un hombre rico, sufre con el pequeño comerciante como una especie que compone en parte a la ciudad. En las palabras de Silvio:


Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro, rodeado de gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba la jeta(...). Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar ahí sus cavernas oscuras. (p.156)


El pasar de los días en esas condiciones de humillación y deterioro lo llevan a Silvio a concluir que ha aprendido algo: "Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia. -Sufrirás -me decía- sufrirás..., sufrirás..., sufrirás... -Y la palabra se me caía de los labios. Así maduré todo el invierno infernal" (p. 158).

En el capítulo tercero, titulado "El juguete rabioso", Silvio tiene 16 años y ha vuelto a la casa de su madre. Una vecina avisa que en la Escuela Militar de Aviación estaban reclutando jóvenes para ser mecánicos. Silvio decide ir por esa oportunidad y de hecho, después de mostrar inteligencia convence a los reclutadores de que aún que las inscripciones ya se habían encerrado deberían aceptarlo. Y lo logra, lo que le da alguna esperanza de ser alguien pero que no consigue ahuyentar el fantasma de la miseria social y el destino de los pobres en la metrópolis:


En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies les han salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida? Me tembló el alma ¿Qué hacer, qué podría hacer para triunfar, para tener dinero, mucho dinero? Seguramente no me iba a encontrar en la calle una cartera con diez mil pesos ¿Y qué hacer entonces? Y no sabiendo si pudiera asesinar a alguien, si al menos hubiera tenido algún pariente rico, a quien asesinar y responderme, comprendí que nunca me resignaría a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres. Pag173


Y ese destino se hace presente cuando al cuarto día de estar reclutado lo dan de baja. Silvio indaga por qué lo hicieron y le dicen:

"Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo"pag.178

Sale de la escuela sin rumbo, recorriendo las calles, generando una de las escenas más expresivas de la novela, en donde más que pintar la ciudad, se describe el estado psíquico de quien la recorre y la vive:


Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires con estos gritos adentrados en el alma.
Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.
Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda... Y súbitamente todo se rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad pag. 178


Termina pasando la noche en un conventillo, adonde un chico homosexual, que trabaja prostituyéndose, lo acosa. Por la mañana Silvio sale del conventillo y deambula por la ciudad, generando otra escena de desesperación de un individuo que no tiene su lugar en la ciudad, que se ve obligado a estar en movimiento constante, intentando llevar la vida. Se compra un revólver y piensa irse a Europa trabajando en un navío, pero le niegan trabajo en el puerto. La desesperación llega a un punto culminante:


De las calles de sombras formadas por los altos muros de los galpones, pasaba a la terrible claridad del sol, a instantes un empellón me arrojaba a un costado, los gallardetes multicolores de los navíos se erizaban con el viento; más abajo, entre la muralla negra y el casco rojo de un transatlántico, martilleaban incesantemente los calafateadores, y aquella demostración gigantesca de poder y riqueza, de mercaderías apiñadas de bestias pataleando suspendidas en el aire me azoraba de angustia. Y llegué a la inevitable conclusión:
-Es inútil, tengo que matarme. (p. 192)

Pero el revólver falla y Silvio se salva.

En el cuarto y último capítulo, titulado "Judas Iscariote", Silvio parece más adaptado a la vida en la ciudad, estabilizado. Trabaja como vendedor ambulante de papeles. Pero conoce a un señor de apodo "El Rengo", que le propone un realizar un robo a la casa de un arquitecto. Es una nueva oportunidad de conseguirse dinero abundante y fácil. Pero algunas horas antes de poner en marcha el plan del "Rengo", Silvio va a la casa del arquitecto y lo cuenta todo.

Una visión retrospectiva, muestra a un Silvio de catorce años idealista y soñador, mientras el último ha llegado a la traición. Lo que se observa es que la vida de Silvio es un constante movimiento, desde el momento en que su madre le dice que tiene que trabajar para mantenerse. Cuando Silvio cumple los catorce años, la gran ciudad implacable vendrá a buscarlo, a hacerlo vivir su destino como ser urbano y a transformarlo. Silvio está más reaccionando a la ciudad que actuando en ella.
En ese sentido más amplio está la ciudad en esta novela de Arlt, es ella más que un elemento, un personaje compuesto. Su presencia como escenario es evidentemente importante, pero su interacción con el protagonista y su influencia como algo pulsante y vivo es mayor. Aún así, es importante darle atención a las descripciones de la ciudad y sus elementos. Son ellas en parte, nos parece, una demostración de la dureza de la prosa de Arlt. En El juguete rabioso el cielo de la ciudad es azul y límpido y junto con el sol sirve de contraste o fuga de la ciudad que está debajo:


(...)conservo el recuerdo de un cielo resplandeciente sobre horizontes de casas pequeñas y encaladas(...) Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol con cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas y escuálidas hablando en los umbrales y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo le cielo más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso. Y más y más me embelesaba la cúpula celeste cuanto más viles eran los parajes donde traficaba(...) (p.203).


Más adelante, el sol ilumina el interior de una carnicería, en un paisaje grotesco, decadente, en contraste con el cielo de afuera:


Un rayo de sol iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de soga junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas... y afuera estaba el cielo de la mañana, quieto y exquisito, dejando caer de la azulidad la infinita dulzura de la primavera (p.203).

El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente.

Comentario sobre el estilo y temática:

La obra nos habla de algún modo de la propia historia de Arlt. No siendo exactamente autobiográfica, la vida de Silvio Astier, el protagonista, posee ciertos referentes imposibles de evadir si de la historia de su autor se trata; una marca concreta es el empleo de Astier como vendedor en una librería. Pero referirse a esta novela en términos de relaciones biográficas sería un error, pues este juguete está envuelto en grandes capas de grueso y rugoso papel.

Los envoltorios de este juguete son ásperos, duelen. La pobreza, la marginación, la imposibilidad de ascender y concretar sueños, son apenas algunas de las heridas marcadas en la piel de Astier, y serán estas lesiones y la incapacidad de doblegar las ansias y el orgullo, las que lo conducirán a robar. Silvio Astier verá no sólo lacerados sus sueños, sino que dolida su vida.

El trabajo humilde y salariado es el único remedio que ve la madre, pero aunque Silvio opte por él, finalmente conducirá sus pasos por el crimen, la envidia y vivirá traiciones y humillación en aquellos lugares donde el latrocinio es lo que se impone, lo que él se impuso.

El escritor juega con un artefacto, es decir, toma un instrumento y le quita sus funciones normales para convertirlo en otra cosa. Pero esta cosa no es algo inerte, sino que se subleva de modo enrabiado contra su autor y contra sus lectores. Les estalla en las manos, los obliga a ponerse activos, defenderse o complicarse con el curioso artefacto.

Para trabajar con tan riesgosa maquinaria, Arlt contaba con un dispositivo aparentemente escaso. No era un escritor de la tradición letrada, sobreescrita, culterana, que había cobrado identidad «profesional» a partir del modernismo. No contaba con la enciclopedia lingüística y literaria de un Lugones o un Larreta, con la ambición de polígrafos que animaba a Ricardo Rojas o a Manuel Gálvez. Tampoco sumaba las astucias de biblioteca de su contemporáneo Borges. Ni siquiera lo inquietaban las novedades técnicas y las densas justificaciones doctrinarias de las vanguardias, que proliferaban en los tiempos de su juventud.

No es considerada una novela de hoy, pero “El rabioso juguete” sigue funcionando, estallando en rabietas e interesando a gentes que están lejos de los lugares y los instantes que rodearon su aparición. Sus aventureros, sus delirantes, sus locos, sus mujercitas, sus mujerzuelas, sus maniáticos, sus revolucionarios, sus déspotas, sus ladronzuelos, sus rufianes, pertenecen para siempre al siglo XX que, fue problemático. Nos vuelven capaces de horrorizarnos de sus desvaríos hasta la compasión porque son los nuestros. No lo sabíamos hasta que Roberto Arlt fue capaz de mostrárnoslos.

Es una producción que condensa lo mejor de la vanguardia social de los años 20 en nuestra tierra, siendo la primera novela del autor.

“El rabioso juguete” da en la cara de la modernidad con su sentido crítico, su sensibilidad, su denuncia, el rescate de los personajes marginales, la otra cara de la idealización, el realismo crudo y lúcido, la esperanza módica y las grandes pasiones albergadas en los pequeños cuerpos de sus protagonistas inolvidables. Por otro lado merece ser destacado la actualidad que presenta para los habitantes de la Argentina del siglo XXI.

Por lo que observamos en la novela, la manifestación hostil de la ciudad hacia Silvio, el hecho de que lo expulsa de un lado a otro y lo degenera, podemos situara Roberto Arlt como precursor de la narrativa urbana, ya que éste eleva la ciudad del estatuto de escenario y ambiente, para el de personaje.

La novela, es por tema y tratamiento una novela de formación con muchos recursos, donde se describe las andanzas picarescas de Silvio Astier por los arrabales bonaerenses, y aunque tiene la sinceridad de mostrar un mundo que hasta entonces había sido poco tratado por los argentinos , la marginalidad urbana. Su verdadero interés estriba en el final de la obra, cuando Astier delata el robo que planea hacer su mejor amigo y lanza una perturbadora apología de la traición: "Hay momentos en nuestra vida", dice Astier, "en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia (...) de destrozar para siempre la vida de un hombre (...) y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos".

Al igual que en la novela picaresca, el héroe —o antihéroe— trata de conquistar el paraíso de la abundancia sin obtener más que tropiezos caricaturescos en un entramado hostil, repleto de personajes patéticos, ruines y desesperados que Silvio soporta con aires de resignación con tonos masoquistas: «Ya no tengo ni encuentro palabras con las que pedir misericordia. Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma.». La evolución del personaje a través de la experiencia, le conduce nada más que a un pozo negro y grande idéntico a su barrio, un mundo triste de valores y absurdas situaciones donde la injusticia dicta las leyes en cada gremio y estamento: «Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo».

Así, el papel donde Astier describe su lucha por la vida, cada día está más humedecido. El pesimismo agarrota sus sentidos, asi lo muestra el fragmento: «A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy aquí, solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos».

Cuando Silvio Astier toma conciencia de que nunca formará parte de ese otro mundo es derrotado por la rabia: «Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrollé la colilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico».

Astier, toma el camino del orgullo y la venganza: su victoria económica es menor, se trata de ser un ser excepcional, único, por un extremo o el contrario: «yo, por mi inquietud me siento, a pesar de mi canallería, superior a usted», y es así, a través de la infamia, como Arlt, o Astier, se sitúan por encima de consideraciones morales, siendo la hipocresía, la perversidad y por supuesto, la ironía, las armas de su triunfo: «El recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia».

Para concluir cabe destacar el carácter realista que presenta la novela, reflejado en el protagonista ( Astier) como si se tratase de la propia historia de Arlt.

Se trata de una obra con una gran cantidad de recursos ,que es lo que le da ese carácter tan real, donde Arlt trata con toda naturalidad los temas que realmente le preocupan y han formado parte de su vida.

lunes, 2 de noviembre de 2009

ARGUMENTO DE: LOS SIETE LOCOS DE ROBERTO ARLT

El protagonista, Remo Augusto Erdosain, desesperado ante la falta de dinero y perspectivas se une a una sociedad secreta que pretende trocar el orden social imperante a través de una cruel y terrible revolución social ideada por uno de los personajes más potentes creados alguna vez por la literatura argentina: El Astrólogo. Tal revuelta sería financiada por una red de burdeles distribuidos por toda la Argentina bajo la administración de el Rufián Melancólico.

Erdosain, ser metafísico hasta la médula, es también un inventor fracasado obsesionado por su “Rosa de Cobre”, proyecto que nos informa tímidamente a través de los capítulos de la obra pero que, víctima de una perdurable abulia, jamás puede concretar. Es, a todas luces, un invento estéril (casi poético), carente de cualquier utilidad que no sea una dudosa estética; no obstante Arlt parece utilizarla en Erdosain como último resabio de esperanza ante el vacío, la inutilidad de la vida y el desamparo que su protagonista siente de contínuo. En términos generales, el sinsentido del mundo tal como está organizado, tiñe la percepción y conciencia que cada uno de sus personajes se hacen de él, llevándolos a extremos delirantes y temibles.

Los Siete Locos está plagada de monólogos interiores que conllevan a sus protagonistas a reflexiones disparatadas y lúcidas por igual, en donde se plantea la locura absoluta de la sociedad, la crueldad del capitalismo, la frialdad de la industria y sus máquinas tecnológicas, contrastando a éstas últimas con la endeblez y fragilidad del hombre mortal que las crea. Incursiona así en tribulaciones metafísicas de orden universal que por lo tanto siguen vigentes. Muchos han señalado en esta obra y en su sucesora la influencia del ruso Fedor Dostoievski, al punto de apodar a Arlt "el Dostoievski porteño".

EL JUGUETE RABIOSO DE ROBERTO ARLT.

El autor narra en cuatro episodios la lucha de un adolescente (Silvio Astier) por escapar de la miseria y humillación a la que se ve sometido como consecuencia de su condición social, marcada por la marginación y la pobreza.

En el primer capítulo "Los ladrones", Silvio Astier tiene 14 años y alimenta su imaginación con libros sobre ladrones y aventureros: "yo soñaba con ser bandido y estrangular a corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas"(p. 89). Conoce entonces a Enrique Izurbeta, de sobrenombre "el falsificador", un muchacho con edad próxima a la suya con el que empieza a robar. Es Enrique quien lo inicia en el crimen, pero Silvio describe cómo ya antes la ociosidad lo hubiera llevado aplicar la inteligencia en actividades delictivas, una de ellas, fabricar un cañón con el cual dañó la muralla de una carpintería. Pero es con Enrique que Silvio adquiere el hábito de robar, hasta llegar a, con la ayuda de un tercer chico, formar "el club de los caballeros de la media noche" (que tiene algo de parecido con la sociedad secreta propuesta por el Astrólogo en Los 7 locos), una pequeña sociedad secreta de tres dedicada al hurto. Silvio descubre en el robar el deleite de obtener dinero fácil, sin trabajar. Es un tiempo de felicidad para él. Con dinero disponible, la ciudad toma contornos agradables, y el dinamismo del ambiente urbano y la modernidad se vuelve motivo de felicidad. En las palabras de Silvio:


(...)esperábamos a una tarde de lluvia y salíamos en automóvil. ¡Qué voluptuosidad entonces recorrer entre cortinas de agua la ciudad! (...)nos imaginábamos que vivíamos en París o en la brumosa Londres. (...) Después, en una confitería lujosa, tomábamos chocolate con vainilla, y saciados volvíamos en el tren de la tarde, duplicadas las energías por la satisfacción del goce proporcionado al cuerpo voluptuoso, por el dinamismo de todo lo circundante que con sus rumores de hierro gritaba: ¡adelante, adelante! (p.101)


El robo se muestra como un medio de vida en la ciudad, un medio para acceder a los deleites ofrecidos por la metrópolis. Así los tres muchachos planean un robo a una biblioteca y de hecho lo ejecutan con pericia, pero cuando Enrique se iba a casa un policía le indaga qué lleva. Enrique corre a la casa de Silvio y los dos sienten el peligro que pasaron: la pérdida de la libertad, que tanto temían. Pasan por angustiantes minutos mientras la policía pasa por la calle. Ya lo habían conversado antes y Silvio fue enfático: "A mi no me cachan. Antes matar"(p. 106). Después del incidente, que Silvio nombra "el gran peligro", los tres muchachos deciden deshacer la sociedad. Si el crimen era la forma de moverse y disfrutar la ciudad y domarla, con el gran peligro queda claro que no es tan sencillo hacerlo y que las consecuencias son temibles. La urbe no se deja dominar, y Silvio ha fracasado en su primer intento por encontrar un espacio en la ciudad.

En el segundo, "Los trabajos y los días" es ya más característico con la hostilidad de la ciudad hacia Silvio. Empieza con la mudanza de barrio que la familia de Silvio tiene que hacer por sus condiciones económicas: Silvio es desplazado y pierde contacto con sus amistades. Se van a vivir a un barrio más pobre. Él tiene ya 15 años y su madre empieza a presionarlo para que trabaje: "Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes." La reacción de Silvio es de repulsa, repulsa a tener que trabajar para tener dinero: "[yo] Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena inominable: la certeza de la propia inutilidad"(p. 128). Con quince años y condición económica precaria, era inevitable que la ciudad viniera a buscarlo y a lanzarlo en la realidad de la metrópolis: todas las maravillas de la modernidad, los trenes, automóviles, los arcos voltaicos, los suntuosos cafés, son para pocos, entre los cuales Silvio Astier no se encuentra. Como destino para un ser urbano joven de clase decadente, la gran ciudad reservaba las garras de los pequeños comerciantes explotadores y ambiciosos. Silvio trabaja y vive en una librería de un inmigrante italiano, D. Gaetano, y su esposa, tiene que humillarse sacudiendo un cencerro ante el establecimiento para atraer clientes. Una tarde decide pasar por la casa de un señor adinerado que había prometido conseguirle un empleo, pero éste lo recibe muy mal y le grita que se retire y no moleste más. Es una clara señal de la distancia entre las camadas sociales y la segregación de los ricos hacia los pobres, aunque, en otro ámbito de análisis, esa presencia caracteriza la polifonía de la novela de Arlt. Una tarde Silvio se ve obligado a cargar objetos pesados por varias cuadras mientras las personas lo observan pasar, se siente completamente humillado y desposeído de fortuna:


Ahora íbamos por calles solitarias, discretamente iluminadas, con plátanos vigorosos al borde de las aceras, elevados edificios de fachadas hermosas y vitrales cubiertos de amplios cortinados. Un adolescente y una niña conversaba en la penumbra(...). Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y de congoja. Pensé. Pensé que yo nunca sería como ellos..., nunca viviría en una casa hermosa y tendría una novia de la aristocracia. Todo el corazón se me empequeñeció de envidia y congoja. (p.152)


En otro fragmento, Silvio describe cómo ha sido afectado por la vivencia en el ambiente mezquino de la librería. Es una evidente consecuencia de la interacción con la mezquindad del pequeño comerciante. Es decir, mas que la influencia de don Gaetano mismo, es la corrosión causada por un componente de la ciudad: así como Silvio sufre la segregación y el engaño del hombre rico, y no de un hombre rico, sufre con el pequeño comerciante como una especie que compone en parte a la ciudad. En las palabras de Silvio:


Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro, rodeado de gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba la jeta(...). Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar ahí sus cavernas oscuras. (p.156)


El pasar de los días en esas condiciones de humillación y deterioro lo llevan a Silvio a concluir que ha aprendido algo: "Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia. -Sufrirás -me decía- sufrirás..., sufrirás..., sufrirás... -Y la palabra se me caía de los labios. Así maduré todo el invierno infernal" (p. 158).

En el capítulo tercero, titulado "El juguete rabioso", Silvio tiene 16 años y ha vuelto a la casa de su madre. Una vecina avisa que en la Escuela Militar de Aviación estaban reclutando jóvenes para ser mecánicos. Silvio decide ir por esa oportunidad y de hecho, después de mostrar inteligencia convence a los reclutadores de que aún que las inscripciones ya se habían encerrado deberían aceptarlo. Y lo logra, lo que le da alguna esperanza de ser alguien pero que no consigue ahuyentar el fantasma de la miseria social y el destino de los pobres en la metrópolis:


En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios, camisas zurcidas, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies les han salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida? Me tembló el alma ¿Qué hacer, qué podría hacer para triunfar, para tener dinero, mucho dinero? Seguramente no me iba a encontrar en la calle una cartera con diez mil pesos ¿Y qué hacer entonces? Y no sabiendo si pudiera asesinar a alguien, si al menos hubiera tenido algún pariente rico, a quien asesinar y responderme, comprendí que nunca me resignaría a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres. Pag173


Y ese destino se hace presente cuando al cuarto día de estar reclutado lo dan de baja. Silvio indaga por qué lo hicieron y le dicen:

"Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo"pag.178

Sale de la escuela sin rumbo, recorriendo las calles, generando una de las escenas más expresivas de la novela, en donde más que pintar la ciudad, se describe el estado psíquico de quien la recorre y la vive:


Ahora cruzaba las calles de Buenos Aires con estos gritos adentrados en el alma.
Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.
Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda... Y súbitamente todo se rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad pag. 178


Termina pasando la noche en un conventillo, adonde un chico homosexual, que trabaja prostituyéndose, lo acosa. Por la mañana Silvio sale del conventillo y deambula por la ciudad, generando otra escena de desesperación de un individuo que no tiene su lugar en la ciudad, que se ve obligado a estar en movimiento constante, intentando llevar la vida. Se compra un revólver y piensa irse a Europa trabajando en un navío, pero le niegan trabajo en el puerto. La desesperación llega a un punto culminante:


De las calles de sombras formadas por los altos muros de los galpones, pasaba a la terrible claridad del sol, a instantes un empellón me arrojaba a un costado, los gallardetes multicolores de los navíos se erizaban con el viento; más abajo, entre la muralla negra y el casco rojo de un transatlántico, martilleaban incesantemente los calafateadores, y aquella demostración gigantesca de poder y riqueza, de mercaderías apiñadas de bestias pataleando suspendidas en el aire me azoraba de angustia. Y llegué a la inevitable conclusión:
-Es inútil, tengo que matarme. (p. 192)

Pero el revólver falla y Silvio se salva.

En el cuarto y último capítulo, titulado "Judas Iscariote", Silvio parece más adaptado a la vida en la ciudad, estabilizado. Trabaja como vendedor ambulante de papeles. Pero conoce a un señor de apodo "El Rengo", que le propone un realizar un robo a la casa de un arquitecto. Es una nueva oportunidad de conseguirse dinero abundante y fácil. Pero algunas horas antes de poner en marcha el plan del "Rengo", Silvio va a la casa del arquitecto y lo cuenta todo.

Una visión retrospectiva, muestra a un Silvio de catorce años idealista y soñador, mientras el último ha llegado a la traición. Lo que se observa es que la vida de Silvio es un constante movimiento, desde el momento en que su madre le dice que tiene que trabajar para mantenerse. Cuando Silvio cumple los catorce años, la gran ciudad implacable vendrá a buscarlo, a hacerlo vivir su destino como ser urbano y a transformarlo. Silvio está más reaccionando a la ciudad que actuando en ella.
En ese sentido más amplio está la ciudad en esta novela de Arlt, es ella más que un elemento, un personaje compuesto. Su presencia como escenario es evidentemente importante, pero su interacción con el protagonista y su influencia como algo pulsante y vivo es mayor. Aún así, es importante darle atención a las descripciones de la ciudad y sus elementos. Son ellas en parte, nos parece, una demostración de la dureza de la prosa de Arlt. En El juguete rabioso el cielo de la ciudad es azul y límpido y junto con el sol sirve de contraste o fuga de la ciudad que está debajo:


(...)conservo el recuerdo de un cielo resplandeciente sobre horizontes de casas pequeñas y encaladas(...) Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol con cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas y escuálidas hablando en los umbrales y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo le cielo más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso. Y más y más me embelesaba la cúpula celeste cuanto más viles eran los parajes donde traficaba(...) (p.203).


Más adelante, el sol ilumina el interior de una carnicería, en un paisaje grotesco, decadente, en contraste con el cielo de afuera:


Un rayo de sol iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de soga junto a los mostradores de estaño. El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas... y afuera estaba el cielo de la mañana, quieto y exquisito, dejando caer de la azulidad la infinita dulzura de la primavera (p.203).

El resentimiento de sus repetidos fracasos lo impulsa a delatar a un hombre común, marginado como él. La única vez que no falla en sus intenciones, falla como ser humano, delatando al que lo consideraba su amigo y confidente.

domingo, 25 de octubre de 2009

FANTOMAS CONTRA LOS VAMPIROS MULTINACIONALES POR JULIO CORTÁZAR.

Fantomas Contra los Vampiros Multinacionales




De cómo el narrador de nuestra fascinante historia salió de su hotel en Bruselas, de las cosas que vio por la calle y de lo que le pasó en la estación de ferrocarril.


La reunión de Bruselas del Tribunal Russell II había terminado a mediodía, y el narrador de nuestra fascinante historia tenía que regresar a su casa de París, donde lo esperaba un trabajo bárbaro, razón por la cual no tenía demasiadas ganas de volver; esto explicaba su tendencia a demorarse en los cafés, mirar a las chicas que paseaban por las plazas y revolotear por todas partes como una mosca en vez de encaminarse a la estación.


Ya tendría tiempo en el tren para reflexionar sobre lo sucedido en esa dura semana de trabajo; por el momento sólo le había interesado cerrar los ojos del pensamiento y dedicarse a no hacer nada, cosa que según él merecía de sobra. Le encantaba la vagancia por una gran ciudad, deteniéndose en las vitrinas, tomándose un café o una cerveza cada tanto en lugares donde la gente hablaba de otras cosas y vivía de otra manera, y sobre todo mirando a las chicas belgas, que como todas las demás chicas de este mundo eran esencialmente mirables y admirables. Fue así como nuestro narrador pasó largas horas derivando, caboteando, orzando y anclando en diferentes lugares de Brucelas, hasta que bruscamente entre dos tragos de una ginebra y la pitada al cigarrillo que se situaba exactamente entre los susodichos tragos, se dio cuenta de algo curioso: la presencia inconfundible de una multitud de latinoamericanos en los lugares más diversos de la ciudad.

Recapitulando (se le iba a ir el tren, pero por otra parte estaba ya a una cuadra de la estación y con un buen sprint llegaría a tiempo) se acordó de los dos dominicanos hablando animadamente en la plaza mayor, del boliviano que le explicaba a otro cómo comprarse una camisa en un supermercado del centro, de los argentinos que dudaban de la calidad del café antes de animarse con gran palmada en los hombros y entrar en un local de donde acaso saldrían agonizando. Pensó en las chicas (¿colombianas, venezolanas?), cuyo acento lo había decidido a arrimarse lo más posible, sin hablar de las minifaldas que constituían otro poderoso motivo de interés. En resumen, Bruselas parecía sensiblemente colonizada por el continente latinoamericano, detalle que al narrador le pareció extraño y bello al mismo tiempo. Pensó que una semana de trabajo en el Tribunal, donde el español había sido la lengua dominante, lo sensibilizaba demasiado a los fenómenos meramente turísticos; pero a la vez tuvo la impresión de que no era así y que hasta el aire olía a pampas, a sabanas y a selvas, cosa más bien infrecuente en una ciudad tan llena de belgas y cervecerías.

"Exilados, claro", pensó el narrador. "No tiene nada de extraño ni aquí ni en cualquier parte. De Chile, del Uruguay, de Santo Domingo, de Brasil; exilados. De Bolivia, de Colombia, la lista era larga y siempre la misma; exilados. Algunos habrían acudido para asistir a las sesiones del Tribunal Russell, para dar testimonio de persecución y de tortura; otros ya estaban ahí, ganándose la vida como podían o sobreviviendo en un mundo que ni siquiera era hostil, simplemente otro, distante y ajeno. En Munich, en París, en Londres era lo mismo, las voces latinoamericanas, los gestos reconocibles, las sonrisas o los largos, melancólicos silencios. Turismo: la mera palabra era un insulto, una bofetada. Bien se distinguía a los turistas, su manera de vestir y su aire de vacaciones. De todos los que acababa de ver, acaso solamente las dos chicas venezolanas eran turistas; el resto estaba ahí barrido por el odio de lejanos déspotas, haciendo frente a su destino de incierto término. Los exilados, el vago perfume de pampas y sabanas y selvas.


Arrancándose a una tristeza inútil, el narrador franqueó casi supersónicamente la distancia que lo separaba de la estación. El viaje sería largo, y pensó comprar un diario o una revista; vio el kiosco multicolor a la entrada de los andenes, y como faltaban siete minutos para el rápido de París, se abalanzó hacia la posible lectura. No contaba con lo imprevisible, en forma de una señora anteojuda y agazapada en su reducto de papeles impresos, que lo miró severamente y se quedó esperando.




—Señora —dijo estupefacto el narrador después de echar una ojeada al kiosko—, aquí lo único que se ven son publicaciones mexicanas.
—Qué le va a hacer —dijo resignadamente la señora—, hay días en que pasa cualquier cosa.
—Pero es imposible, usted me está engañando y ha escondido los diarios belgas.
—Moi, monsieur?
Sí, señora, aunque las razones de su insólita conducta me parezcan más bien inconcebibles.
—Ah, merde alors —dijo la vieja—, a mí no me venga con reclamaciones, yo vendo lo que el concesionario me pone en los estantes, bastante tengo con las várices y con mi esposo que se pescó la radiactividad por culpa de las merluzas contaminadas, dígame si es vida.
—¿Entonces yo, señora, si quiero enterarme de la marcha de la historia de aquí a París, tengo que zamparme un diario azteca?
—Mire, señor—observó sorpresivamente la vieja—, la historia viene a ser como un bife con papas fritas, uno lo pide en cualquier lado y siempre tiene el mismo sabor.
—De acuerdo, pero...
—Vaya a saber—dijo la señora—, porque ahora que uno lo piensa despacio, eso de los diarios mexicanos viene a ser más bien una tomada de pelo, ¿no le parece?
—Menos mal que usted lo admite —se alegró el narrador— Qué diablos, México no está a dos cuadras de Bélgica, y...
—Seguro —dijo la señora—, esos países quedan por el lado del Asia, es sabido. ¿A usted le parece que en México la merluza está también contaminada?
—Yo la merluza casi no la conozco —confesó el narrador—, el vacuno me invade el menú, qué le va a hacer.
Es una lástima —dijo la señora , porque gratinada y con una coronita de perejil es propiamente regia, sin contar que por la noche uno apaga la luz y fosforece, viera qué hermosura en el medio de la fuente, el médico dirá lo que quiera pero la radiactividad tiene su encanto.
—¿Y yo esta revista tengo que pagársela con águilas mexicanas, señora?
—De ninguna manera, el concesionario no acepta pájaros, aquí estamos en Bélgica y usted me garpa dos francos por esta revista.
—Se me va el tren, señora —dijo agitado el narrador.
—Culpa suya, señor, por no tener cambio. Dos, tres, cuatro, cinco, y este de cinco y otro de cinco que hacen quince, espere que no tengo más monedas, entonces le doy uno, dos, tres, cuatro y cinco, total veinte, merci beaucoup.
—Qué andén será, Dios querido.
—El cuatro, señor, todos los trenes para París salen del cuatro, menos algunos que salen del ocho, y ahora que me acuerdo hay otro por la tarde que...




De cómo el narrador alcanzó a tomar el tren in extremis (y a partir de aquí se terminan los títulos de los capítulos, puesto que empiezan numerosas y bellas imágenes para dividir y aliviar la lectura de esta fascinante historia).


Provisto de lectura en la forma que se acaba de explicar, el narrador trepó al expreso de París que ya tomaba velocidad, y después de catorce vagones protuberantes de turistas, hombres de negocios y una excursión completa de japoneses, dio con un compartimiento para seis, donde ya cinco confiaban en que con un poco de suerte tendrían más espacio. Pero plok, el narrador puso la valija en la red y se constituyó del lado del pasillo, no sin prospectar en el asiento de enfrente a una rubia que empezaba por unos zapatitos con plataforma de lanzamiento estratosférico y seguía en sucesivas etapas hasta una cápsula platinada envuelta ya en el humito que precede al cero absoluto en Cabo Kennedy.
O sea que estos ñatos estaban así:







Lo más desagradable era que el cura, la señorita y el señor enarbolaban sendas publicaciones en el idioma nacional, tales como Le Soir, Vedettes Intimes, etcétera, razón por la cual parecía casi idiota abrir una revistita llena de colorinches en cuya tapa un gentleman de capa violeta y máscara blanca se lanzaba de cabeza hacia el lector como para reprocharle tan insensata compra, sin hablar de que en el ángulo inferior derecho había un avisito de la Pepsi Cola. Imposible dejar de advertir por lo demás que la rubia platinada desprendía una ojeada cibernética hacia la revista, seguida de una expresión general entre parece-mentira-a-su-edad y cada-día-se-nos-meten-más-extranjeros-en-el-país, doble deducción que desde luego dificultaría toda intentona colonizadora del narrador cuando empezara a reinar la atmósfera solidaria que nace en los compartimientos de los trenes después del kilómetro noventa. Pero las revistas de tiras cómicas tienen eso, uno las desprecia v demás pero al mismo tiempo empieza a mirarlas y en una de esas, fotonovela o Charlie Brown o Mafalda se te van ganando y entonces FANTOMAS. La amenaza elegante, presenta.








La Inteligencia en Llamas



–Boletos–dijo el guarda.
Un episodio excepcional... arde la cultura delmundo... ¡Vea a FANTOMAS en apuros, entrevistándose con los más grandes escritores contemporáneos!
"¿Quiénes serán?", pensó el narrador, ya captado como sardina en red de nailon pero decidido a aceptar la ley del juego y leer figurita por figurita sin apurarse como manda la experiencia de placer que todo zorro viejo conoce y acata, un poco a la fuerza es cosa de decirlo. En fin, la cuestión era que...








Cosa de entrar en conversación, hubiera sido tan agradable poder mostrarle una de las primeras figuras a la nena platinada y decirle: "¿A usted le parece que este señor tiene aire de ser el director de la biblioteca de Londres?", para que ella renunciara por fin a sus Vedettes Intimes con tanto Alain Delon y Romy Schneider, porque en realidad ese señor parecía sobre todo un general retirado de Guadalajara, pero la sofisticada pasajera seguía línea a línea las incidencias matrimoniales de Sylvie Vartan, de manera que hubo tiempo de sobra para que el director de la biblioteca descubriera la ausencia de doscientos incunables, razón por la cual llamó horrorizado al patio escocés, más conocido por Scotland Yard, y el inspector Gerard, en fin, cualquiera podía asistir a la escena puesto que









–¿No le molesta que fume?
–Al contrario, casualmente iba a pedirle fuego –dijo la nena platinada extrayéndose con algún esfuerzo del divorcio de Claudia Cardinale.
–Se me ocurre que usted es italiana –dijo el narrador–, algo en el acento o en el pelo.
–Soy romana –dijo la nena, con gran éxito por parte del cura que le sonrió ecuménicamente.
–Justamente en Roma están pasando cosas terribles –dijo el narrador–, fíjese aquí.
–Non e possibile! –se contorsionó la nena después de mirar fijamente al diariero que anunciaba las nefandas nuevas–. ¿Se da cuenta que además han destrozado la biblioteca?




El narrador prefirió pasar por alto la ligera laguna cultural, máxime cuando lo que sucedía en la revista rebosaba de cultura, las bibliotecas europeas descubrían la desaparición de las obras de Víctor Hugo, Gautier, Proust, Dante, Petrarca y Petronio, sin hablar de manuscritos de Chaucer, Chesterton y H.G. Wells, y en ese mismo momento una pareja joven y esbelta salía de un teatro donde se representaba La ópera de tres centavos y la chica en cuestión parecía ávida de saber como podía comprobarse fácilmente seis figuritas más adelante







El astuto narrador había comprendido ya que el muchacho rubio era-nada-menos-que-Fantomas, y antes de que las cosas empezaran a precipitarse decidió cerrar la revista y los ojos (la nena rubia lo ninguneaba de nuevo, sumida en los graves problemas financieros del pobre Aristóteles Onassis) y resbalar despacito en el tobogán de la fatiga. Ocho días de trabajo en el Tribunal Russell, con una última reunión hasta la madrugada, horas y horas escuchando a relatores y testigos que aportaban pruebas sobre la represión en tantos países de América latina y el papel de las sociedades transnacionales en el pillaje de las economías y la dominación en el plano político y paralelamente, porque la dominación económica exigía otras dominaciones, otros cómplices y otras víctimas, la repetición hasta la náusea de testimonios sobre el asesinato, la tortura, la persecución, las cárceles en Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay y no pare de contar. Como un símbolo que ya nadie nombraba, la sombra ensangrentada del Estadio Nacional de Santiago, el narrador creía escuchar otra vez las voces que se sumaban a lo largo del tiempo y los países, la voz de Carmen Castillo narrando ante el Tribunal la muerte de Miguel Enríquez, la voz de los jóvenes indios colombianos denunciando la implacable destrucción de su raza, la voz de Pedro Vuskovic presentando el acta de acusación y pidiendo la condena del gobierno norteamericano y de sus múltiples cómplices y sirvientes en la incesante violación de los derechos humanos y del derecho de cada pueblo a su autodeterminación y a su independencia económica. Cada tanto, como una obstinada recurrencia, alguien subía para dar testimonio de muertes y torturas, un chileno que mostraba las técnicas empleadas por los militares, un argentino, un uruguayo, la repetición de infiernos sucesivos, la presencia infinita del mismo estupro, del mismo balde de excrementos donde se hunde la cara de un prisionero, de la misma corriente eléctrica en la piel, de la misma tenaza en las uñas. Y al salir de todo eso (de la representación mental de todo eso, podía corregir el narrador) se entraba de nuevo en lo personal (pero entonces lo personal también debía ser una representación mental de la vida, una cortina de humo, un cómodo tren Bruselas-París, un número de Fantomas, un cigarrillo negro, una nena platinada cuyo tobillo acababa de rozar el suyo y era promisor y tibio aunque Onassis y Romy Schneider), una mera representación mental de la vida si todo lo otro se borraba con un simple parpadeo y un cambiar de tema. "No se borra", pensó el narrador, "en todo caso a mí no se me borra", y ningún tobillo tibio borraría nada aunque valiera como tobillo, como promesa de patita toda entera, una vez más esa difícil conquista de un equilibrio en el que la vida cesara de ser su propia representación y se buscara desde adentro y hacia adentro. Y aun así, qué difícil escapar al calambre de la culpabilidad, de no hacer lo suficiente, ocho días de trabajo para qué, para una condena sobre el papel que ninguna fuerza inmediata pondría en ejecución, el Tribunal Russell no tenía un brazo secular, ni siquiera un puñado de Cascos Azules para interponerse entre el balde de mierda y la cabeza del prisionero, entre Víctor Jara y sus verdugos. ("Pórtese bien", le estaba diciendo el señor al niño, cuyo portarse mal parecía consistir únicamente en jugar con una bolita de vidrio, hacerla saltar entre sus manos y recogerla cada tanto del suelo).







Adelantándose a sus palabras, el narrador le alcanzó fuego a la nena platinada. Para muchos portarse bien era eso, no salirse del molde social, un niño bien criado no juega con bolitas en un tren, un hombre que vuelve de un tribunal no se pone a leer tiras cómicas ni imagina los pechitos de una chica romana; o bien sí, lee la tira cómica e imagina los pechitos pero no lo dice y sobre todo no lo escribe porque inmediatamente le caerá encima uno de esos fariseísmos de la gente seria que para qué te cuento. Casi divertido (aunque lo jodiera la cosa, el calambrecito de la supuesta culpa) el narrador pensó que alguien muy querido había dicho que el primer deber de un revolucionario era hacer la revolución, frase que andaba engolando muchos pescuezos en tierras calientes y templadas, pero a nadie se le ocurría reparar en esa mención casi marginal de "primer deber", un deber al que seguían otros puesto que ése era el primero. Y esos otros no habían sido enumerados porque no hacía falta, porque al decir esa frase el Che había mostrado una vez más su humanidad maravillosa, había dicho "el primer deber" mientras tanto otros hubieran dicho "el único deber", y en ese pequeño cambio de nada, una palabrita por otra, estaba el gran matete, la diferencia capital no solamente en las conductas del presente sino en el destino aún tan lejano de cualquier revolución hecha o por hacer. "Razón por la cual", resumió el narrador, "vamos a entrarle a Fantomas como epítome de mi punto de vista en la materia, y a buen entendedor etcétera". Tenía esa mala costumbre de pensar como si estuviera escribiendo, y viceversa dicho sea de paso.
—Hace un calor terrible dijo la señora, despertándose de una siesta benemérita.


Todo el mundo salvo el niño miró en diversas direcciones en busca de las manijas o llaves que siempre responden a tales opiniones, y fue el cura quien la encontró casi debajo de su sotana y hubo un gran intercambio de sonrisas satisfechas. Para ese entonces el muchacho rubio se había enterado de las terribles noticias sobre la desaparición de libros de autores famosos y el diálogo final con su amiga era sumamente romántico.








El salto a la página siguiente era más bien brusco incluso en el plano de la moralidad y las buenas costumbres, porque en efecto el muchacho rubio era Fantomas que, revestido ya de una inexplicable máscara blanca, se instalaba en su harén cibernético, rodeado de digamos secretarias en minifalda que respondían a los nombres del zodíaco, idea delicada, y de toda clase de télex, teléfonos electrónicos y otros dispositivos tecnológicos. Justo a tiempo, porque la negrita Libra y el morochón Piscis se precipitaban hacia su amo y señor para anunciarle que acababa de arder la biblioteca de Calcuta, seguida de un incendio padre en la de Tokio, cuyo edificio valía una ojeada a las que casi inmediatamente se sumaron las de Bogotá y la de Buenos Aires.
"Menos mal que Borges ya se jubiló", se dijo el narrador que empezaba a compartir el cultísimo ambiente de la historieta. Pero no le quedó tiempo para meditar sobre la providencial salvación del ilustre escritor porque ya Libra volvía más negrita que nunca con la aterradora noticia de que acababan de desaparecer todas las Biblias, todas las Divinas Comedias y toda novela de Dostoyevsky (sic). Lo peor parecía ser la Biblia, pues en la televisión se agarraban la cabeza: "Es inexplicable cómo pudieron desaparecer todas las Biblias, calculadas en mil millones de ejemplares, repartidas en todo el mundo..."


Estupefacto ante la licuefacción de semejante best seller, el narrador no pudo menos que decírselo al cura, era su deber más elemental y no trepidó en mostrarle la figurita correspondiente, aunque la vestimeneta de Libra y lo que se alcanzaba a sopesar visualmente en Piscis no parecía demasiado recomendable para eclesiásticos. Hubiera preferido no escribirlo por obvio, pero el cura se puso del color de la ceniza y presa de un soponcio momentáneo, sólo atinó a decir: "¡Coño!" Más elocuente fue el señor, quien luego de enterarse de lo sucedido se enderezó en toda su estatura, que no era mucha, y bramó:


–¡Mi ejemplar de puño y letra de Gutenberg! ¡Es un complot de la masonería!


Una frenada más bien grosera les probó que ya estaban en París, y la salida del compartimiento resultó confusa por la mezcla de lágrimas, valijas y despedidas, sin habar de que la nena platinada, por lo visto indiferente al sentimiento religioso o bibliotecológico reinante, se mandó mudar la primera antes de que el narrador pudiera rescatar la revista y bajar su maleta, por lo cual el viaje en taxi hasta el Barrio Latino fue más bien melancólico y sin ningún tobillito que le diera esperanzas para esa noche y las siguientes. Una vez en su departamento, bañado y con un buen trago, los dos kilos de cartas por abrir que lo esperaban le impidieron seguir enterándose del bibliocidio, y cuando al fin decidió volver a la revista le ganaron de mano con el toque característico de las llamadas de larga distancia. Todavía inmerso en el aura cultural, pensó que a lo mejor era su querido Juan Carlos Onetti que se había vuelto loco y lo llamaba después de veintitrés años de silencio, pero apenas escuchó un musgo afelpado, un lento terciopelo penumbroso, supo que era Susan Sontag y le brincó un diástole de alegría porque tampoco Susan era de las que se prodigan en el teléfono.





Estás enterado, claro –dijo Susan.
–¿De qué? ¿De dónde me hablas? ¿Porqué tengo la impresión de que se trata de algo malo, y eso que no soy telépata ni vidente?
Lo mío no interesa –dijo Susan–, pero después que me rompieron las piernas tuve tiempo para pensar que...
–¿Las piernas?
–Ah, entonces no estás enterado. ¿Pero cómo puedes no estar enterado si Fantomas te llamó por teléfono antes que a mí?




Lo malo en este tipo de diálogo, solía decirse el narrador, es que se prolongan muchas páginas porque se componen sobre todo de monosílabos, gritos, preguntas espasmódicas, inicios de explicación cortados por nuevas preguntas, y tendencia recíproca a insultarse por la falta de rapidez mental. Todo eso sucedió tal cual, pero podía resumirse de todas maneras en una frase de Susan: "Cuelga y sigue leyendo, estúpido". Y anota mi teléfono para llamarme después".


Cosa que así se hizo, y bastó abrir la revista ahí donde la frenada del grosero maquinista había interrumpido la lectura para encontrarse con una orden de Fantomas a Libra:







A Libra no debían gustarle demasiado los hermosos e inteligentes libros del narrador, pues a pesar del orden de llamadas indicado por Fantomas, el primero en manifestarse fue el penúltimo:








Y aunque el narrador tenía la muy cuestionada costumbre de residir en París, se hizo presente desde Barcelona, lo cual lo halagó muchísimo porque esa especie de don de ubicuidad hubiera debido bastar como explicación de muchas cosas más bien insólitas que estaban sucediendo.








A Moravia lo habían amenazado con matarlo; al narrador también, pero especificando que lo degollarían. Mientras se disponía a enterarse del último llamado telefónico de Fantomas, pensó con un vago horror en esa especificación, pensó en el pasado y el presente de su país, en el retorno de un estado de cosas en el que las peores torturas parecían moneda corriente. Muy atrás, en la pantalla alargada del siglo pasado, galopaban en el recuerdo los mazorqueros de Juan Manuel de Rosas, un primer plano mostraba sus facones en la garganta de los prisioneros unitarios, la lenta "refalosa" descrita por Esteban Echeverría y por Hilario Ascasubi, el filo que poco a poco se abre . paso en los tejidos mientras la víctima mantenida en pie por los verdugos asiste a su propia horrible muerte y oye decir: "No se queje, amigo, a su madre le dolió más parirlo". Cosas así sucedían diariamente en Buenos Aires, en las provincias, con música de radio apagando los alaridos, con noticias de diarios amordazados por el miedo que lo reducían todo a términos como mutilaciones, apremios y vejámenes, la misma Mazorca elogiada en actos públicos, la misma barbarie presentada como reconquista de una patria en la que se hundían hora a hora los cuchillos de la desgracia y el desprecio. Pero sus reflexiones fueron cortadas por ese otro deguello tecnológico que es el teléfono, Fantomas, sombrío, llamaba a alguien sentado detrás de un vidrio roto:







Ya no tenía por qué esperar más, llamó a la clínica de Los Angeles y Susan parecía estar esperándolo, le hizo una broma por su lentitud mental y le contó su diálogo con Fantomas:








–Ya veo –dijo el narrador–. ¿Fue a visitarte?
–Llegará esta noche o mañana, pero ya sé todo. Las dos cosas.
–¿Las dos cosas, Susan?
–Sí, demorado. Mirá, estos matasanos de la clínica no me dejan hablar mucho tiempo, péro precisamente por eso te lo voy a explicar con todo detalle. Ni siquiera necesitas leer el final de la historia, porque es perfectamente falsa.
–No entiendo nada, Susan.
–Tú pagarás la comunicación y yo me aburro en esta cama, de modo que escucha. La primera cosa es la falsa, quiero decir el final de la historia, y apenas llegue Fantomas le demostraré que ha perdido el tiempo. A1 pobre le llevó un par de días descubrir la pista y enterarse de que una secta de psicóticos, dotados de medios electrónicos de destrucción, habían declarado la guerra a la cultura y lanzaban una ofensiva contra los libros allí donde estuvieran, soltándoles una lluvia de rayos láser o cualquiera de esas porquerías con nombres vistosos. La investigación terminó en París, donde un tal Steiner empezó a negar su culpabilidad, y entonces...







Hubo un largo silencio, y después el rumor caracteristico de alguien que bebe un vaso de jugo de naranja. El narrador encendió un cigarrillo; percibió al mismo tiempo el ruido de otro fósforo que se encendía a miles de kilómetros, y el suspiro satisfecho de Susan, a quien debían haberle prohibido terminantemente que fumara.




—Pero entonces —dijo el narrador—, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
—Siempre me quedo corta cuando te trato de estúpido —dijo la voz de Susan—. El señor está encantado con el happy end, se tomará un buen whisky (maldito sea, aquí no hay más que jugos infectos) y se irá a la cama con una pelirroja o solo, que me da lo mismo para que sepas. La conciencia tranquila, el piyama bien planchado, los dientecitos brillantes porque él usa dentífrico Protirene que le hace tanto bien al nene.
—Susan, te quiero y te admiro demasiado para mandarte al quinto carajo. Me duelen tus dos piernas, Susan, me duele estar tan lejos de vos esta noche.
—Eres un amor —dijo Susan, y el narrador estimó que lo decía de veras y tuvo como ganas de pasearse por el cielo raso, de lanzar fuegos artificiales por la ventana—. No te das cuentas, dromedario argentino, que todo eso es una cortina de humo. La verdad es otra, Fantomas ha perdido el tiempo.
—Pero, Steiner...
—Pongo mi tercera pierna en el fuego que ni Steiner ni sus cómplices murieron en el incendio. Fantomas cayó en la peor trampa, la de creer que su misión había terminado. Es ahora que empieza lo importante, Julio, es ahora que tenemos que actuar.
—Mi querida, vuelvo de Bruselas tan cansado, tal vez sepas que...
—Lo sé, esta pieza está llena de diarios y yo sé leer si las letras son lo bastante grandes. El Tribunal Russell en Bruselas, verdad. La segunda reunión sobre los problemas latinoamericanos. Una sentencia muy dura y muy clara contra Ford, contra Kissinger, contra las sociedades vampiras, la ITT y el resto. La tengo aquí, mira, los amigos me traen los télex fresquitos. El Tribunal. . . Oye, lo que no sé es quiénes estaban en el Tribunal.
—Nos estamos saliendo del tema —dijo el narrador que seguía fijo en Fantomas, pero se detuvo al escuchar algo así como un rechinar de dientes, tal vez un mero ruido del teléfono, aunque nunca se sabía con Susan.
—¿Saliendo del tema? —dijo la enfermita como si cortara papel con una navaja—. Si alguna vez estuvimos en el tema es ahora, gaucho insípido. ¿Cómo puede ser que no te des cuenta? Es cierto que hay millones que tampoco, pero la gente paga por tus libros y esó crea obligaciones mentales, me parece.
—Somos más de una docena —acotó el narrador—, juristas, científicos, teólogos, sociólogos, dirigentes sindicales y escritores de diversos países. Somos eso que un ministro chileno calificó hace poco de banda de marxistas. Supongo que viniendo de la Junta lo creerás.
—Esos generales son tan simpáticos —dijo Susan— con sus uniformes planchaditos y siempre como un equipo de fútbol, en dos filas y muy serios. En fin, ustedes harían mejor en dar a conocer a todo el mundo la composición del tribunal, porque pasa que aquí, sin hablarte de casi toda la América latina, no están muy enterados.
—Hacemos lo posible, Susan, concedemos entrevistas, instamos a los periodistas a que difundan los trabajos y las conclusiones, vamos a la TV, hay veces en que tengo la impresión de ser uno de esos grandes putos del cine que se mueren por la publicidad; sé que hay que hacerlo, pero no marcha bien, el boxeo o las estrellas llenan las mejores páginas, somos muy pobres. Susan, nos falta...
—Dont cry, baby, dont cry —dijo Susan—, mamá te dará una banana de postre si eres bueno.
—Y por eso nuestra sentencia...
—No servirá para nada, monono, si ustedes y nosotros no encontramos el camino, y cuando digo nosotros no hablo de los esbeltos intelectuales tan admirados por las élites, sino de nosotros y de millones de mujeres y de hombres del planeta.
—Cosas así se han dicho todos los días en el Tribunal— murmuró el narrador, más bien abatido.
—Por eso es que necesitamos explicarle la verdad a Fantomas—dijo sorpresivamente Susan—, y mañana le voy a dar uno de esos tirones de orejas que le dejarán la máscara ladeada por una semana. Mira, basta por ahora, la enfermera ha pasado del púrpura vivo al verde morgue. Llama a Moravia, que no conoce la sentencia, y léesela, mañana te llamaré yo para que no te arruines del todo. Chuip chuip.



Eso en Susan significaba dos besos cariñosos, pero en cambio la carraspera de Moravia no tenía nada de estimulante.




—Manaccia la miseria—dijo a modo de saludo—. Mi biblioteca está completamente vacía, y hace un rato me llamó Italo Calvino desde París para decirme la misma cosa. Los de Mondadori...
—Ya sabemos, Alberto, yo ni siquiera me he molestado en ir a ver mis libros o lo que quede de ellos. Te llamo solamente para decirte un par de cosas antes de volverme loco, ocurre que Susan pretende que te explique lo que pasó en Bruselas, se le ha metido una idea en la cabeza y...
—No veo la relación.
—Yo tampoco, pero el matriarcado se hace sentir y yo obedezco.
—La sentencia del Tribunal está en todos los diarios, la leí después de hablar con Susan. Está muy bien, dicho sea de paso, por fin se nombran algunas cosas por sus verdaderos nombres. ¡¡Porca madonna, mis libros!!
—También han desaparecido los malos —le dije para consolarlo.
—Vete a la mierda —dijo Moravia, colgando con la rapidez de un águila.




La noche fue larga y llena de agujeros, uno enorme que iba de una punta a otra de la pared del salón, y otros más pequeños en diversos muros del departamento. El narrador necesitó todo su sentido del humor para apreciar el efecto que hacían algunos muñecos, pósters, estatuillas, calidoscopios e ídolos africanos, bruscamente en relieve allí donde no había quedado ni un solo libro. Hasta encontró algunas cajas de fósforos, un contraceptivo y unos anteojos de sol que daba por perdidos, sin hablar de una espesa capa de pelusas y dos vistosas arañitas que completamente perturbadas se paseaban de un lado a otro con el aire que hubiera tenido su tía (la del narrador) si al visitar por la mañana el gallinero lo hubiera encontrado vacío. Al final, y como a pesar de algunos rumores optimistas no disponía de un harén como Fantomas, se fue a dormir con la sola aunque íntima compañía de un embutal y se despertó por obra del teléfono y de la voz de Octavio Paz.




—Susan tiene razón —dijo Octavio— tampoco yo me había dado cuenta.
—¿Te llamó antes que a mí? —dijo el narrador, con los celos que correspondían.
—Sí, y te repito que tiene razón. Ya comprenderás, va a hablar contigo dentro de unos minutos, de modo que es mejor andar rápido.
—Yo...
—Somos unos perfectos intelectuales, Julio. Verifica mi diálogo con Fantomas y verás que le pido que haga algo por el amor que profesa al arte. Si pudiera cambiar ese texto, donde dice arte yo hubiera debido decir hombre. El resto que te lo explique Susan.




No colgó con la violencia de Moravia, porque cuando se es mexicano se es mexicano, pero de todas maneras colgó y el narrador anduvo media hora dando vueltas por el departamento como las dos arañas, preparándose un café que como siempre le salió tibio y fofo, y fumando con ese aire que se aprende en las películas de suspenso. La llamada de Susan lo pescó desnudo y enjabonado, y a diferencia de lo que pasa en esa clase de películas, no había teléfono en el baño, de manera que...




—Acaba de irse —dijo Susan—. Sécate de una vez, se te nota demasiado. Me dijo que se entrevistará con ustedes, pero dudo que lo haga, tiene cosas más importantes. Fantomas no estaba contento, hay que decirlo, pero creo que lo convencí, en todo caso se puso como en sus mejores momentos, los pectorales se le veían de lejos y tamblaba como un jet antes de soltar los frenos y largarse por la pista.
—Si aparte de esa descripción sexy me dijeras lo que pasa, Susan.
—Pasa que Fantomas sabe ahora que le tomaron el pelo, y en su caso no es una comprobación agradable.
—De acuerdo, le hicieron creer que el culpable era ese psicótico de París, etcétera.
—Hm. Ahora él y muchos más sabemos que la destrucción de las bibliotecas no es más que un prólogo. Lástima que yo no sea buena dibujante, porque me pondría en seguida a preparar la segunda parte de la historia, la verdadera. En palabras será menos interesante para los lectores.
—Decila de todas maneras, ya es tiempo.
—¿No la sientes en el aire? —murmuró Susan, y su voz venía cansada y dolorida, como si de pronto sus piernas rotas la llamaran a una realidad de yeso , de inyecciones , de interminables cuidados—. Julio, Julio, ¿quién es verdaderamente Steiner? ¿Cómo se llaman los que el Tribunal Russell acaba de condenar en Bruselas?
—Se llaman de mil, de diez mil, de cien mil maneras —dijo el narrador con la misma voz cansada, aunque sus piernas estuvieran intactas—, pero se llaman sobre todo ITT, sobre todo Nixon y Ford, sobre todo Henry Kissinger o CIA y DIA, se llaman sobre todo Pinochet o Banzer o López Rega, sobre todo General o Coronel o Tecnócrata o Fleury o Stroessner, se llaman de una manera tan especial que cada nombre significa miles de nombres, como la palabra hormiga significa siempre una multitud de hormigas aunque el diccionario la defina en singular.




Del otro lado se oyeron unos ruidos secos y rítmicos, que podían significar aplausos aunque vaya a saber.




—Ahora —dijo Susan después de chupar en algo que desde luego no era un mate amargo—, comprenderás por qué te hablé de la sentencia del Tribunal. La aventura de Fantomas es una vez más el Gran Engaño que los expertos del sistema nos han puesto por delante como una cortina de humo, igualito que en su tiempo la Alianza para el Progreso, o la OEA, o la reforma en vez de la revolución, o los bancos de fomento y desarrollo, no sé si hay uno o dieciocho, y las fundaciones dadoras de becas, y...
—Despacio —dijo el narrador— menos enumeraciones y más claridad, nena.
—El Gran Engaño —repitió Susan— la prueba es que hasta Fantomas el infalible se fue de boca con Steiner y su pandilla y creyó que la cosa estaba liquidada cuando no hacía más que empezar. ¿Qué son los libros al lado de quienes los leen, Julio? ¿De qué nos sirven las bibliotecas enteritas si sólo les están dadas a unos pocos? También esto es una trampa para intelectuales. La pérdida de un solo libro nos agita más que el hambre en Etiopía, es lógico y comprensible y monstruoso al mismo tiempo. Y hasta Fantomas, que sólo es intelectual en sus ratos perdidos, cae en la trampa como acabamos de verlo.
—Le estás hablando a un convencido —dijo el narrador— y además te va a salir carísimo, nena.
—Shit, tienes razón —dijo Susan—, en fin, Fantomas te explicará lo demás. Llámame por la noche, aquí todo es tan blanco y huele a limpieza, me clavan agujas, no hay más libros y lo único bueno que se ve en la TV es la adaptación de una novela mía que me sé de memoria.
—Mi pobre... empezó el narrador, pero no terminó nunca la frase porque los vidrios de la ventana volaron en astillas (y eso que según la ciencia el vidrio es un líquido) y de acuerdo a sus costumbres Fantomas se plantó con la máscara blanca y un traje azul eléctrico en mitad del salón. El narrador colgó, puesto que el ruido debía haber informado de sobra a Susan, y puso una cara más o menos.
—La puta que los parió —dijo Fantomas—, no voy a dejar a uno solo vivo, esto no me lo hacen a mí, conchemadres.
—¿La factura te la mando a tu casa? —quiso saber el narrador.
—Piscis te la pagará, es la tesorera. Rápido, al trabajo, necesito información, Norman Mailer acaba de darme datos interesantes, y mira lo que me manda Osvaldo Soriano desde Buenos Aires:







–Aplicarlos fuera del país –repitió el narrador–. Sí, claro, no es nuevo. Pero tené cuidado, Fantomas, con noticias de este tipo deben estar tratando de lanzarte a otra pista falsa, o por lo menos inútil. Vos sabés que Susan no se caracteriza por la claridad de sus explicaciones telefonicas, y, sin embargo, me parece que entendí.
–Yo también –dijo Fantomas, sentándose en el suelo y sacando un frasco superchato de grapa–, por eso quiero enterarme bien de lo que hicieron ustedes los hipercerebrales en el Tribunal Russell, porque según Susan ahí está el detalle.
–Mirá en los apéndices y encontrarás lo necesario –dijo el narrador mostrando las páginas finales de este mismísimo volumen–. Si querés una síntesis, te la hago en tres palabras: las sociedades multinacionales. La ITT puede servirte de resumen; aunque suena como una marca de yerba mate brasileña viene de bastante más al norte. ¿Querés que te muestre cómo las veo yo?
–Me sería sumamente grato –dijo Fantomas pasándome el frasco como para hacerme olvidar los pedazos de vidrio por el suelo.
–Así las veo –dijo el narrador.
–Parece el comienzo de Un perro andaluz –dijo Fantomas, siempre tan culto.
–Todo en nuestra América es el comienzo de ese perro, viejo, pocas veces hemos llegado a mirar algo de frente sin que la navaja o el cuchillo vinieran a vaciarnos los ojos.






Pero a esta altura de tan amena plática, ¿serías favorito de decirme qué me combinás, qué te provoca como acción, hacia dónde vas a orientar tu rauda manera de hacer moco las ventanas?




–Mailer me dio una lista, un amigo ecuatoriano me la completó, mis corresponsales de Londres, Munich, Nueva York y Lima están procesando electrónicamente algunas verduritas necesarias para completar el espectro, en fin, digamos que dentro de media hora llamará Libra aquí.
–Qué placer–dijo el narrador, que después de haberla visto en la revista tenía una debilidad particular por sus muslos tan renegridos como satinados. Cuando Libra se manifestó con un murmullo de antílope al borde de una fuente, el narrador consideró de su deber tomar personalmente nota de todas las informaciones, aunque Fantomas mostraba alguna tendencia a empuñar personalmente el tubo. De tan romántico diálogo resultó una lista de nombres y direcciones que Fantomas memorizó en un segundo, tras de lo cual quemó el papel previamente mojado en grapa: Por su parte el narrador sabía lo bastante sobre el tema como para simbolizar los múltiples datos en una sola imagen cuya multiplicación no hubiera engañado ni a una gallina alcoholizada.


–Este asunto me joroba un tantico, mano –dijo Fantomas–. Yo como sabes estoy por la acción directa, y eso de las multinacionales me compliea la estrategia en el ring, sin contar que son como esos gusanos que cuando más los cortás en pedazos, má se reproducen y saltan para todos lados. Anoche le propuse a García Márquez dedicarme exclusivamente a la CIA, porque la conozco mejor y además me tinca que fue ella la que me armó el asunto de Steiner, hijos de mil putas. Pero el Gabo me soltó una risotada necrofílica, sin hablar de la Susan hace un rato. Es una lástima, porque la CIA, tú ves







–Tan fácil –resumió Fantomas con un suspiro–, cuestión de ir siguiendo el mapa y páfate, en una semana les bajo la cresta.
–Nihil obstat –concedió el narrador–, pero será un nuevo Steiner en más grande. ¿Nunca oíste hablar de la DIA? Es cien veces más poderosa que la CIA, y no hay mapitas que te ayuden a localizarla. Como tu gusano, tendrías que volver a empezar, después de la DIA tendrías la GUA y la FOA y la REA, etc. Susan tiene razón, nos estamos quedando en la superficie, mascarita blanca, y entre tanto la verdadera raíz del problema sigue tan garifa. Tomá este pedacito de historia antigua, muy antigua puesto que remonta a 1970, casi la Edad Media si te fijás bien.









Una cartita de la ITT muy personal y confidencial como verás por el sello, pero que en castilla dice (se habla de Chile): "Por ejemplo, una solución constitucional podría nacer de desórdenes internos masivos, huelgas, y guerrilla urbana y rural. Esto justificaría moralmente una intervención de las fuerzas armadas por un periodo indefinido". Te repito la fecha, 1970.


Fantomas hinchó el pecho hasta que empezó a crujirle la camiseta, pero no dijo nada.
–Complemento de información –anunció el narrador–, publicado por el Vorwärst de Bonn. La Química Hoechst de Chile escribe a su central de Francfort.







"...una acción preparada hasta el último detalle y realizada brillantemente... El gobierno de Allende ha encontrado el final que merecía... Chile será en el futuro un mercado cada vez más interesante para los productos Hoechst".


–Que las aspirinas se les queden atravesadas en el culo – dijo amablemente Fantomas.
–Amén –dijo el narrador–, pero deberías encontrar algo que les duela más.
–De eso me ocuparé yo. Dame la lista. Creo que Susan y tú tienen razón, es allí donde hay que atacar, y ahora mismo.


El narrador lo vio encaminarse hacia una ventana que no era la rota, y soltó un grito terrible para detener un vuelo que ya se advertía en el aire de discóbolo de Fantomas.


–¿Qué te cuesta salir por la ventana rota?–suplicó–. Y otra cosa, Fantomas: ¿Vas a proceder solo?
–La soledad es mi fuerza, Julio. La soledad y mi don de transformarme infinitamente, llegar al enemigo bajo las apariencias más dispares. ¿Te conté el día en que le rompí la cara a John Wayne cuando creía que yo era una inocente huérfana perdida en el infierno de Las Vegas y me llevó a su cama so pretexto de telefonear a mis afligidos padres?
–Fantomas, este trabajo lo harás solo como siempre, pero no estoy seguro de que sirva de mucho.
–¿Qué pretendes? –gritó Fantomas crispándose para concentrar sus poderes levitatorios–. ¿Qué pida la colaboración de la policía, de la Cruz Roja Internacional? ¡Solo, solo solo! ¡Me basto y me sob...!

La otra ventana voló en mil pedazos, hijo de puta. El fresquete que empezaba a reinar en tan ventilado salón obligó al narrador a refugiarse en el dormitorio, donde con ayuda de varias botellas y mucho tabaco se dispuso a esperar los acontecimientos. Por suerte, Fantomas no acostumbraba a hacer esperar a nadie mucho tiempo, y a las dos horas diversos amigos empezaron a llamar desde los lugares más antipódicos, Eduardo Galeano desde la calle Pueyrredón en Buenos Aires, Julio Ortega desde Correo en Lima, Daniel Waksman desde México, Cristina Peri Rossi desde Barcelona, José Lezama Lima desde La Habana, la lista fue larga y elocuente, ahora era Lelio Basso desde Roma, Julio Le Parc desde Montrouge, Caetano Veloso estupefacto en Sao Paulo, Carlos Fuentes fatigando a las telefonista mexicanas, y naturalmente Susan Sontag, que lloraba de risa frente a cosas como éstas puesto que acababa de enterarse de que Fantomas, precedido por nada menos que Piscis, había asumido la personalidad de un millonario paralítico para asistir a una reunión del directorio de la Kennecot, de la cual todo el mundo había salido pálido y tembloroso.







–Traté de convencerlo, Susan –dijo el narrador–, pero ya lo conocés, me hizo su célebre discurso individualista y ya ves, seguirá por su cuenta, es seguro.


Como seguir siguió, y poco a poco las agencias de noticias fueron difundiendo los diferentes procedimientos gracias a los cuales Fantomas se había abierto camino en las fortalezas de aluminio y cristal de las sociedades multinacionales. Una imagen proveniente de Chicago lo mostraba inofensivo y soñador mientras llenaba una jarra de agua que luego acabó en el cráneo de Pennypepper E. Pennypepper, el rey del cobre y la sardina.







Según Heinrich Böll, que la envió por télex desde un diario de Francfort, la imagen siguiente mostraba a Fantomas guardándose impúdicamente el importe de la indemnización que la junta militar chilena acababa de pagarle a la Anaconda o a la Kennecot.







El narrador no solamente tenía amigos intelectuales, y le gustaba hacerlo notar de vez en cuando, máxime cuando en su relato los escritores llegaban ya a un número saturante. Por eso lo alegró recibir otra noticia por intermedio de Jean Claude Bouttier, adversario desafortunado de Carlos Monzón pero digno de respeto como lo probaba su interés en revelar la apariencia revestida por Fantomas antes de entrar en el despacho del presidente Gerald Ford, con el cual mantuvo un diálogo cuyo resultado no era aún conocido, pero podía imaginarse después de verle la cara:








La última imagen de tan extraordinaria serie preocupó no solamente al narrador sino al Osservatore Romano, pues nadie sabía con exactitud cuál de los dos personajes era Fantomas.






De todas maneras, a partir de ese momento cesaron las noticias, y los diarios pasaron rápidamente a temas tales como las últimas performances de Emerson Fittipaldi, el precio del bife, las ejecuciones o atentados de turno, la moda retro y el nuevo boom de Hollywood, que mostraba incontrovertiblemente el dinamismo de la libre empresa. Ya Susan podía pasearse un poco por su cuarto, y cuando llamó por última vez (por última vez en este contexto, se entiende) lo hizo con esa voz siempre desagradable de los que tienen razón y te remachan el clavo.
–Se acabó, Julio, te lo había dicho. Se ha vuelto a su guarida convencido de que puso el mundo patas arriba, y ya ves.
–Sí, la verdad es que no se ve gran cosa –dijo el narrador echando una ojeada a su ventana recién reparada y preguntándose hasta cuando duraría así–. Pero no nos impacientemos, Susan, todavía no se pueden medir los resultados.
–Serán pocos y falsos, verás. Fantomas es admirable y se juega la vida a cada paso, pero nunca le entrará en la cabeza que los otros son legión y que solamente con otras legiones se les puede hacer frente y vencerlos.
–Bah, si es cuestión de número pensá en Fidel y el Che, y hasta en Cortés o Pizarro si vamos al caso. Además, Fantomas es un justiciero solitario, si no fuera así nadie le dibujaría las historietas, te das cuenta. No tiene vocación de líder, nunca será un jefe de hombres.
–Por supuesto, y yo no se lo reprocho. A nadie hay que reprocharle que haga lo suyo enteramente solo. El problema es otro, porque nuestra realidad no es Steiner o una pandilla suelta, lo sabes de sobra. Y hasta que mucha gente comprenda esto, y haga también lo suyo a su manera, nos seguirán friendo como renacuajos.
–Nunca vi un renacuajo frito –dijo el narrador–. ¿Pero tú crees que un día terminaremos por encontrarnos, por reunirnos? Por supuesto estoy de acuerdo contigo, Susan, si llegáramos a eso frente a los vampiros y los pulpos que nos ahogan, si tuviéramos un jefe, un...
–No, Julio, no agregues "Fantomas" o cualquier nombre que se te ocurra. Por supuesto que necesitamos líderes, es natural que surjan y se impongan, pero el error (¿era realmente Susan la que hablaba? Otras voces se mezclaban ahora en el teléfono, frases en idiomas y acentos diferentes, hombres y mujeres hablando de cerca y de lejos), el error está en presuponer al líder, Julio, en no mover ni un dedo si nos falta, en esperar sentados que aparezca y nos reúna y nos dé consignas y nos ponga en marcha. El error es tener ahí delante de las narices cosas como la realidad de todos los días, como la sentencia del Tribunal Russell, ya que anduviste en eso y me sirve de ejemplo, y seguir esperando a que sea siempre otro el que lance el primer llamado.
–Susan, nuestros pueblos están alienados, mal informados, torcidamente informados, mutilados de esa realidad que sólo unos pocos conocen.
–Sí, Julio, pero todo eso se sabe también de otras maneras, se sabe por el trabajo o la falta de trabajo, por el precio de las papas, por el muchacho que balearon en la esquina, por los ricachos que pasan en sus autos delante de las villas miseria (es una metáfora porque tienen buen cuidado de no pasar en su puta vida). Eso se sabe hasta en el canto de los pájaros, en la risa de los chicos, en el momento de hacer el amor. Esas cosas se saben, Julio, las sabe un minero o un maestro o un ciclista, en el fondo todo el mundo las sabe, pero somos flojos o andamos desconcertados, o nos han lavado el cerebro y creemos que tan mal no nos va simplemente porque no nos allanan la casa o nos matan a patadas...

En ese teléfono pasaban cosas raras, además de las palabras venían imágenes más bien borrosas pero reconocidas y de cuando en cuando una voz de locutor repetía frases que el narrador conocía muy bien porque muy pocos días antes había participado en su redacción:
–El Tribunal Russell condena a las personas y autoridades que se han apoderado del poder por la fuerza y que lo ejercen despreciando los derechos de sus pueblos.
Condena por estos cargos a las personas que ejercen actualmente el poder en el Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay, Guatemala, Haití, Paraguay y la República Dominicana.
–¿Y la Argentina? –dijo una voz que parecía salir derechito de un café de la calle Corrientes, a la altura del Once.









Con la sorpresa previsible, el narrador escuchó la inmediata respuesta del locutor:
–En lo que concierne a la República Argentina, el Tribunal expresa su profunda inquietud por las detenciones, persecuciones, torturas y asesinatos de militantes, obreros y profesionales, como también de refugiados políticos sudamericanos, y decide abrir inmediatamente una encuesta para estab1ecer la responsabilidad del gobierno argentino a este propósito.
–¿Y si nos corriéramos una nadita hacia el oeste? –preguntó una voz que pronunciaba netamente cada sílaba, cosa rara en el continente sudamericano.
–Andele –propuso otra voz que venía desde mucho más al norte–, ya se acabó el round de estudio y a ver si entran a fajarse, cuates.
El locutor parecía estar esperando, y los demás también, porque hubo un gran silencio y entonces:
–El Tribunal declara que en el caso de la junta militar presidida por el general Pinochet en Chile, ésta se encuentra en una situación de completa violación del derecho internacional y no merece ser considerada miembro integrante de la comunidad integrada de las naciones;
Condena a los gobiernos de los Estados que alientan tales procederes;
Condena por este hecho a los Presidentes Nixon y Ford, a los gobernantes de los Estados Unidos de América y especialmente al señor Henry Kissinger, cuya responsabilidad en el golpe fascista de Chile es evidente para el Tribunal, juzgando sobre los documentos publicados en los Estados Unidos.









El narrador entendió que también le correspondía decir algo, y alzaba elocuentemente la voz para imponerse a la infernal turbamulta telefónica cuando se vio rodeado de vidrios rotos y en medio de ese granizo la máscara blanca de Fantomas cómodamente sentado en el suelo al término de un aterrizaje digno de la Nasa. Pegado al teléfono, lo cual era un hándicap considerable, el narrador articuló la primera parte de una puteada que comprendía diversas cláusulas y pasajes, pero había algo en los ojos de Fantomas que lo llamó al silencio.


Me pregunto si no tenían razón, intelectuales de mierda –dijo Fantomas–, días y días de acción internacional y no parece que las cosas cambien demasiado.


–Dile que estuvo muy bien –aconsejó Susan, a quien no podía habérsele escapado el estallido de la ventana–, dile que es un buen comienzo y que ojalá otros comprendan.






–Estuviste fenómeno, negro dijo la voz argentina–, claro que hay otros que comprenden, leé los diarios y vas a ver.
–Los diarios no dicen nada de nosotros–dijo una voz que parecía venir de una mina de estaño–, pero todo se sabe alguna vez, compañeros.
–Lo bueno de las utopías –dijo claramente una voz afrocubana que resonaba como un cascabel–, es que son realizables. Hay que entrar a fajarse, compañero, del otro lado está el amanecer, y yo te planteo que...


Fantomas había bajado la cabeza, pero la máscara blanca no impidió que el narrador viera una lenta, hermosa sonrisa que era como un inventario de dientes blanquísimos. Del hueco sonoro venían voces, acentos, gritos, llamadas, afirmaciones, noticias; se sentía como si muchedumbres lejanísimas se juntaran en el oído del narrador para fundirse en una sola, incontenible multitud. Frases sueltas saltaban con acentos brasileños, guatemaltecos, paraguayos, y los chilenos pulidos y los argentinos a grito pelado, un arco iris de voces, una inatajable catarata de pechos y de voluntades. Cuando del otro lado alguien colgó el tubo, al narrador le pareció que todo quedaba desierto, entre astillas de vidrio y un frío del carajo miró a Fantomas, que lentamente se ponía de pie y se ajustaba el cinturón.


–Hice lo que pude –dijo Fantomas, tendiéndole la mano–. Sí, te prometo que saldré por la ventana rota.
Lo hizo, y el narrador se levantó a su vez, mareado y rendido y confuso. Por el agujero de la ventana miró hacia la calle desierta; sentado en el cordón de la vereda un niño rubio jugaba con unas piedritas. Jugaba muy seriamente, como hay que jugar, juntaba las piedritas, las tiraba entre sus pies tratando de que se entrechocaran, volvía a juntarlas, las tiraba de nuevo.


El narrador vio que Fantomas, de pie en el tejado de la casa de enfrente, miraba también al niño. Con un perfecto vuelo de paloma bajó a su lado, buscó en sus bolsillos y sacó un caramelo. El niño lo miró, aceptó el caramelo como la cosa más natural, e hizo un gesto de amistad. Fantomas se elevó en línea recta y se perdió entre las chimeneas.


El niño siguió jugando, y el narrador vio que el sol de la mañana caía sobre su pelo rubio.